Fui a Mapfre. Esperé. El Quijote conseguía un casco dorado en mi regazo. Pase, Ángel Miguel. Creo que pone Miguel Ángel. Efectivamente. Me atendieron tarde. Fui conciso. No me miró durante un largo rato. Puso cara de asco. Eso parece un herpes. Le doy cita preferente con dermatología. Ya tengo cita, pero es a finales de mes. Da igual, pídala, no diga que ya tiene una. Fui a pedirla. No la hay hasta finales de agosto si no es por la mañana. Trabajo por las mañanas. Puede coger la de finales de agosto. Ya la tengo. Me fui sin tratamiento.
Busqué dermatólogos. Nadie estaba
operativo. Nadie actualizó Google. Telefoneé a todos los buzones de voz y
todos, desde alguna playa lejana, se rieron de mí.
Llegué a casa. El retrovisor no
paraba de bailar. El mundo no funciona si una urgencia deja de serlo, por muy
poca urgencia que sea. Seguí buscando. Bajé a arreglar el retrovisor y mi
frente sudaba. Mi madre creyó encontrar algo, pero no era verdad, era simple
humo y seguía en el punto de partida. Decidí abandonarme a los milagros de
internet.
Un rato después estaba en el
coche dirección a Pilas, a unos cuarenta minutos de Sevilla. El paisaje pasó de
urbano a rural. Llegué a Pilas. Un caballo me obstaculizó durante una calle
entera. Las dos Españas. Aquí la prisa no existía. Aparqué junto al local.
Entré en el local y me atendió una chica con labios de pato. Ella no lo sabía,
pero mi fobia favorita es la anatidaefobia y no pude evitar esbozar una
sonrisa. De ella colgaba tanto oro que empecé a pensar que estaba frente al rey
Xerxes. Entró otra compañera. También tenía labios de pato. También había sido
agasajada por un rey persa.
Vaya usted a la puerta cinco.
Esperé mientras el Quijote hablaba con unos esclavos condenados a galeras.
Pase, Manuel Ángel. Creo que pone Miguel Ángel. Tiene usted razón. También
tenía labios de pato. De ella colgaba menos oro. Me hizo muchas preguntas. Me
preguntó por mi padre. Le hablé de mi padre. No sabía que con teledermatología
te entraba psicología. Me preguntaba por mi evidente lesión mientras sonreía
condescendiente, como si supiese las respuestas, pero no las sabía porque cada
vez que pronunciaba lo que creía que yo iba a decir se confundía. Vivía
pensando saberlo y se marchitaba en cada error, pero no cejaba en sus sonrisas.
Me hizo dos fotos. Luego otras
dos. Te llegarán los resultados y el tratamiento en veinticuatro o cuarenta y
ocho horas. Amo el capitalismo.
Volví a casa con la misma lista
de reproducción. Se me olvidó que quería escuchar un podcast. Había perdido
toda la tarde en lo que pude hacer en dos horas, pero ya estaba todo resuelto.
Llegué a casa y, aún algo
irritado, abrí la puerta del portal. Desde las escaleras, alguien correteaba
hacia fuera a ritmo cómico, con coleta, gafas de sol claras y un chalequito de
correos. ¡No cierre! Musitó alargando la última vocal en su camino hacia fuera.
No se me ocurriría, respondí. Apoyó su mano en mi hombro y sólo sus ojos
dijeron más fuerte que su boca “muchísimas gracias”. Llegué a casa olvidando
todo lo demás. Hoy ha sido un buen día.
PD.: Al día siguiente recibí la
noticia. No era herpes.
Miguel Ángel. 1/08/2023,
Sevilla
