A las dos de la mañana, en la calle, sólo hay escoria. Quiso la suerte que se parasen en el mismo semáforo un conductor de Cabify y mi persona en corcel. Me miró. Subió la música. Los dos bailamos. Desaparecimos. Adiós, amigo.
Al aparcar, compartí acera con
los limpiadores que reinaban sobre la calle. No sé si esto es una analogía
irónica sobre escombros que rehúyen de barrenderos o, simplemente que, a esas
horas, de nuevo, sólo hay escoria en la calle, con lo que la gente decente que
queda está obligada a pelear con la fea costumbre que tiene la entropía.
“Eres agüita, lo sabía”, dijo
tras preguntarme el cumpleaños. Yo nunca he creído en el horóscopo. Se lo hice
saber. Ella era tierra.
En la ventana había edificios
poligonales en perspectiva isométrica y una bandada de pájaros jugaba a hacerme
la prueba de Rorschach entre unos rizos dorados. Mi futuro psicólogo al cargo
tendrá trabajo asegurado, pienso mientras escribo esto. Al rato sólo veía la
parte del culo que me permitía un vestido negro y el humo del tabaco que se
resistía a irse a tomar viento y venía a acariciar mi alma en el techo de la
habitación.
Salí de aquel bloque al amparo
del ruido de un martillo hidráulico y el escondido repicar de unas campanas. El
sol iluminaba las caras de trabajadores dirigiéndose al matadero. También me
iluminaba a mí. Yo me dirigía a un altar a sacrificar unas cuantas letras en
nombre de la diosa que estuviese de guardia esa mañana.
Decidí olvidarme de mis
convicciones y le pregunté a Cristina, que de casualidad había decidido el
destino traérmela hoy, si sabía el horóscopo de una antigua entrada. No estaba
segura, pero creía que era tierra. Viajé 12 años al pasado y me vi venciendo a
un dragón con choricillos al infierno envenenados. “No te enamores”, le dije.
Menudo sinvergüenza.
Mi cama me supo a poco para
terminar de pagar la deuda de sueño que contraje, paradójicamente, para ser el
Valium de alguien, a las dos de la mañana.
Miguel Ángel. 30/06/2023, Sevilla
