Llegué a casa más tarde de lo
habitual. Me tocaba hacer guardia un ratito. En realidad, no, al menos, no la
semana anterior. Alguien se quejó (aparentemente, y según me dijo esa misma
persona sin que yo preguntase, fue con razón) y justos y pecadores fueron
insertados en un grupo de castigados, el grupo al que yo pertenecía hoy. Cuando
llevaba media hora de castigo, el jefesito local echó a volar su mano hacia la
puerta y me dijo “Migue, vete, no pintas nada, está todo bien”. En un principio
rechacé la oferta, pero, al repetirla tres veces, me olí las axilas
discretamente y, al detectar que no era ese el problema, decidí aprovechar la
oportunidad sin cuestionármela mucho más, corriendo hacia la moto y, de paso, a
casa, donde mi madre esperaba terminando de comer.
En principio no teníamos que
vernos hoy hasta la noche, pero allí estaba ella, dispuesta a prepararme para
un acontecimiento planetario:
-Esta tarde vendrá un señor a
reparar los aires acondicionados.
-¿Estaban estropeados? –aquí creo
que se intuye mi falta de cariño por estos aparatos. Prefiero los ventiladores.
Adoro “la calor”. Algunos amigos me llaman reptil. Poco creo que tenga que ver
con este hecho, pero sacarlo a colación ahora parecía un momento dorado para no
tenerlo que explicar más adelante. Me duele la garganta cuando los uso. Me
gusta el aire sin acondicionar, como el pelo, en general, creo.
-Llevan un tiempo fastidiados.
-¿Sobre qué hora vendrá?
–Denotando una agenda repleta que sólo contenía leer un rato, estudiar otro y
hacer yoga justo antes de prepararnos la cena y dormir para estar listo para un
siguiente día.
-Sobre las cinco.
(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2023/09/mama-creo-que-el-tecnico-del-aire_0655200506.html)
