Una persona, en el mundo. Una concreta, quiero decir. Esa persona estaba triste.
Mi interlocutora me explicaba lo
triste que estaba esta persona y cómo fue a consolarla. Mi amiga le preguntó
qué estaba comiendo y éste le respondió que no comía nada en mucho tiempo. ¿Qué
se le podría decir a esta triste persona?
Hace algunos años, hice amistad
con un taxista porque lo usaba recurrentemente. Era un iraní de unos cuarenta
años. Su padre falleció y hablamos bastante sobre el tema. Fue la primera vez
que volvió a Irán después de muchos años. Mi padre murió al poco y sentimos un
cierto hermanamiento. Sentado en su taxi buscaba vuelos para volver a casa. Me
trajo un refresco.
Tras mucho esfuerzo conseguimos
el billete y nos dirigíamos al aeropuerto. En algún momento recuerdo mirarle y
pedirle consejo porque me sentía perdido.
- ¿Qué consejo me das para
gestionar este trance?
Él me respondió. Con sus ojos
puestos en los míos expresando la máxima seriedad que podía llegar a
transmitirse, con el ceño fruncido, arqueando sus pobladas cejas, constriñendo
su boca hasta hacer que su, extremadamente densa, barba incipiente ocupase casi
la totalidad de la mitad inferior de su cara, dijo:
- Come mucho pescado.
No me hizo falta preguntar por
qué. Ni siquiera lo encontré tan gracioso como lo encuentro hoy. Asumí que era
cierto, porque cuando un amigo te da un consejo, y es buen amigo, las
evidencias sobran; su intención es suficiente docto.
Años más tarde, los pescados,
lejos de alejarme del duelo, me acercaron a Yudi.
(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2023/09/enjoy-fishes-segunda-parte.html)
