Por querer hacer las cosas rápido
y bien las acabé haciendo lentas y mal. Acabé con toda la plata negra y la
sonrisa inflamada a tenor de una muela del juicio, muy juiciosa ella.
Ahora se acerca el fin de semana,
después de una semana de trabajo y de idas y venidas, y me toca descansar.
Apagar focos, esconderme tras un telón y esperar a que vuelva el movimiento un
lunes mientras me lamo las numerosas heridas que mi cuerpo ha decidido lucir
estos días.
Y no me apetece. Me apetece
correr, saltar, gritar, cantar, bailar, jugar, dormirme extenuado a las tantas
y beber y fumar y, en todo esto, aunque redunde, no parar de bailar. Y decido
parar, coger un heladito y meterle ibuprofenos y lamerlo hasta que me sepa la
boca a empresa farmacéutica decadente. Y no me apetece.
El tiempo corre y me va dando
fines de semana para que corra yo también y ahora, de tanto correr, tengo las
rodillas solladitas de cada caída y los brazos quemados del sol y me pide que,
después de tanto impulso, me pare. Y no me apetece.
Y da igual cuánto te apetezca, te
quedan sopitas de pollo de sobre, cuadernos a la mitad, música
depresivosiniestra y la ventana susurrándote todo lo que te pierdes por parar.
Parar no es divertido. Divertido
es demacrarse en el espectáculo en vivo que puedo ofrecer cada fin de semana.
Divertido es que un pintalabios me desdibuje una sonrisa en la terraza del
corte inglés del Duque o que me recojan para salir a comer algo y termine
acostándome tarde. No me apetece reposarme. No me gusta decantarme. Me gustan
mis partículas botando en cada pared del vaso que las contiene, dibujando
sombras en el cristal en el que se proyecta la luz que me atraviesa cuando unos
focos morenos me alumbran.
A ver si me atropellan unas
caderas y me repongo de aquí a mañana porque, de verdad, no me apetece morirme
solo para resucitar un lunes, con sus madrugones y sus horarios. No me apetece.
Miguel Ángel.
13/07/2023, Sevilla
