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jueves, 14 de diciembre de 2023

Piquito de oro

Me han dicho que he ganado un certamen literario y el cielo se me ha caído encima. Creo que voy a vomitar.

 

Hace muchos años, Hiniesta me dijo que tenía un piquito de oro. Tendríamos unos diez años y pasó, por aquel entonces, sin pena ni gloria. Yo siempre me he visto unos labios más bien carnositos, tirando a lo opuesto en textura de lo que se podría esperar de un metal noble. No es que fuese extremadamente callejero yo, lo que quiero decir es que no era precisamente palaciego un piso en el que difícilmente da el sol.

 

Desde no hace mucho creo que las palabras tienen poderes y que seleccionarlas cuidadosamente es la única responsabilidad que tiene un iniciado en sus tretas. Si no las eliges con precisión pueden llegar a causar tsunamis en otra parte del mundo cuando tienen la potencia, elasticidad, dureza y terciopelo requeridas.

 

Hoy no quepo en mí. Mi alma bota y rebota entre las celdas de marfil que la contienen. En uno de sus retumbes me vibra el corazón y en el otro se me vacía un pulmón.

 

¿Y si he aprendido, finalmente, algo de magia? Me imagino curando la tristeza, curando el aburrimiento, curando la soledad, curando la espera, el llanto y la manía. ¿Y si desde aquí puedo disparar a matar a un monstruo? Qué cómodo sería que Hiniesta me sentenciase a seguir teniendo un pico de oro, o al menos, a creerlo. Qué dulce sería creer que no les regalo alquitrán.

Y del alquitrán salen flores. Y las huelen.

Y a mí ahora, el alquitrán me revela cierto encanto. A lo mejor no era tanto el chapapote como el camino que construye al secarse entre tú y yo.

Lo mismo sirve para algo y dejo de gritar aquí solo.

Quizás pueda hablar así conmigo mismo. Quizás lo puedas hacer tú.

 

 

 

 

¿Un piquito?

Miguel Ángel. 12/12/23, Sevilla