Me han dicho que he ganado un
certamen literario y el cielo se me ha caído encima. Creo que voy a vomitar.
Hace muchos años, Hiniesta me
dijo que tenía un piquito de oro. Tendríamos unos diez años y pasó, por aquel
entonces, sin pena ni gloria. Yo siempre me he visto unos labios más bien
carnositos, tirando a lo opuesto en textura de lo que se podría esperar de un
metal noble. No es que fuese extremadamente callejero yo, lo que quiero decir
es que no era precisamente palaciego un piso en el que difícilmente da el sol.
Desde no hace mucho creo que las
palabras tienen poderes y que seleccionarlas cuidadosamente es la única
responsabilidad que tiene un iniciado en sus tretas. Si no las eliges con
precisión pueden llegar a causar tsunamis en otra parte del mundo cuando tienen
la potencia, elasticidad, dureza y terciopelo requeridas.
Hoy no quepo en mí. Mi alma bota
y rebota entre las celdas de marfil que la contienen. En uno de sus retumbes me
vibra el corazón y en el otro se me vacía un pulmón.
¿Y si he aprendido, finalmente,
algo de magia? Me imagino curando la tristeza, curando el aburrimiento, curando
la soledad, curando la espera, el llanto y la manía. ¿Y si desde aquí puedo
disparar a matar a un monstruo? Qué cómodo sería que Hiniesta me sentenciase a
seguir teniendo un pico de oro, o al menos, a creerlo. Qué dulce sería creer
que no les regalo alquitrán.
Y del alquitrán salen flores. Y
las huelen.
Y a mí ahora, el alquitrán me
revela cierto encanto. A lo mejor no era tanto el chapapote como el camino que
construye al secarse entre tú y yo.
Lo mismo sirve para algo y dejo
de gritar aquí solo.
Quizás pueda hablar así conmigo
mismo. Quizás lo puedas hacer tú.
¿Un piquito?
Miguel Ángel. 12/12/23,
Sevilla
