Yo te miro y me entran ganas. No
se me quita de la cabeza la posibilidad de hacerlo, y no entiendo por qué lo
prohíben. Después de todo, no encuentro la posibilidad aún de dejar de ser
ciudadano de algún lugar, no vaya a ser que me caiga de alguna clasificación.
Viéndome obligado a ser siervo,
uno se plantea dónde doblaría la rodilla con más sinceridad. Es entonces cuando
me planteo cómo sería:
Cantarte un himno entero o abrir
una embajada en tu cadera. Ser propagandista de tu risa o escrachar tus malos
días. Demagogo en cada cena y cronista de tus canas.
Quiero sentir el mundo entero,
votarte con los pies, inmigrarte hasta la médula y que te cobres mi bruto
producto interior en besos impuestos.
Que se reanuden las relaciones
diplomáticas entre tu lengua y la mía y que cada peca tuya esté censada en mi
administración, que todos mis centímetros te presenten el DNI o que te pintemos
banderas con las sábanas los domingos por la tarde.
Que me des un mitin desde arriba
convenciéndome de invertir en tus costillas, que me subas el presupuesto en
defensa con abrazos o que aceptes sobres con cartas como soborno.
Que se sindicalice el cariño y
exija subidas salariales armándome piquetes en la puerta, que aumente la
productividad en la cama un trescientos por cien y que no haya paro bajo el
pericardio.
Que no seamos pobres de espíritu,
que nos corroa la libertad de tener que responsabilizarnos de hacer las cosas
bien.
Qué bonito sería si pudiese ser
súbdito en tu estado o rebelde en cualquier otro, cantándote alabanzas y
brindando siempre a tu salud. Qué bonito sería tener el carné de tu carcajada y
asociarme con tus manos para cuidar tu silueta. Qué bonito sería si mi único
estado, de materia y de adscripción, fueses tú.
Miguel Ángel.
19/12/2023, Sevilla
