Cada mañana suelo escuchar las
últimas noticias políticas y económicas. Es una forma algo triste de empezar el
día, pero me ayuda a tomar decisiones de inversión y que, si me encuentro el
tema del día en un bar o en una estúpida discusión familiar, poder demostrarme
una vez más que como seres estamos obsesionados. Obsesionados con esa insana
pretensión de generar una conclusión definitiva de un asunto tremendamente
complejo en el segundo después de recibir el más mínimo paquete informativo. Me
gusta saber por dónde van los tiros y esquivarlos. A ser posible, explicarle a
mi contertuliano que da igual, que todo da igual. Así soy yo, como Batman, pero
en bata, por las mañanas, preparándome para enfrentarme al mal.
En X, antiguo Twitter, solía entrar
al trapo de veinte millones de peleas dialécticas al día sólo por demostrar que
sabía algo de lo que se tenía que saber ese día, que no era nada concreto, ni
siquiera peremne. Flores de un día, o una semana, o un mes, que nos tuviese
alejado de nosotros, de la vida y de los verdaderos estambres.
Y, por eso, yo seguía vigilante,
para no volver a entrar. Para estar fuera desde dentro. Para cabalgar
incoherencias, que algunos llaman.
Y, entonces, entre la llamarada
de información que ni me va ni me viene, que me aleja del espíritu y de lo
humano, allí, a las once de la mañana de un domingo, el sol entraba oblicuo por
mi ventana. Es una de las pocas horas en las que entra a saludarme, y da en mi
cama y la pared junto a ella. En un par de horas desaparecerá. En mi cama
estaban mis pies, en mi mesa el desayuno a casi terminar, y yo con mis ojos en
la ventana mientras desde el altavoz alguien entonaba uno y otro escándalo y
otra y una acción.
El sol me calentaba los pies
cuando ocurrió. Bailoteé un poco con la sombra de la reja sobre la piel que
cubre mis metatarsos y escuché que alguien estaba haciendo sonar “La Flaca” de
Jarabe de Palo. No la escuchaba bien por las noticias así que las paré.
Inundaba la plaza que compartimos unos cuantos edificios de vecinos inconexos
que se quitan el sol unos a otros. Los naranjos están bellísimos. Los pájaros
estaban gritándose cosas, como si fuesen napolitanos. Una ligera y fresca brisa
entraba por la mosquitera y se me dibujó una sonrisa.
Al poco, estaba asomado a la
ventana en la que una chica se manchó los brazos de veneno para hormigas hace
algún tiempo buscando un orgasmo y me dejé acariciar por el sol en la cara. La
camella musical seguía anónima y la canción iba muriendo en mi pabellón
mientras dentro me crecía la vida y los pájaros siguieron cantando.
Por hoy, las noticias pueden
esperar. Si alguien me habla del tema del día en unas horas les hablaré del
tema de estar vivos, a ver si me lo saben rebatir.
Miguel Ángel. 3/3/2024,
Sevilla
