(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-23.html)
Usando esta ristra de colectores de información puede llegar a la conclusión definitiva. Va a comer pronto. Lo sabe porque me apago. Y así se relaja y se deja ir. El magma crece. El volcán explota. Desde dentro, los jugos la corroen esperando el alimento. Babea sin compasión. Sus ojos se tornan. Parece que se apaga de júbilo. Explotan estrellas y se inician mundos en su mácula. La respiración jadeante y entrecortada. Los colmillos sin veneno se preparan para un festín alcanzando el exangüe de quien no espera ya.
Los humanos también tenemos
órgano vomeronasal pero, al parecer, no está conectado con nuestro cerebro. Se
creía que era vestigial, pero estudios recientes parecen indicar que no se
atrofia y que es funcional, simplemente no lo usamos. Esto daría una nueva
profundidad a la frase “mi mente de lagarto” cuando nos referimos a
comportamientos viscerales.
Es entonces, en el último latido
cuando me doy cuenta. Hoy, la anaconda, soy yo. Y estoy enrollado sobre mí
mismo. Hoy he descubierto que mi peor depredador puedo ser yo y que, pese a no
tener veneno, puedo apretar hasta descoyuntar, asfixiar y consumir. Como mi
cuerpo no tiene tantas vértebras, el pago es mi propia cordura. Pero a mi
órgano de Jacobson le tiene que resultar agradable saber que, a fuerza de sacar
a relucir mis escamas de animal, hoy se da un banquete de ira contenida. Ya
sólo me queda arrastrarme por el suelo.
Suelto la presión. Respiro. Para
la erupción. Cojo una cazadora y salgo.
Miguel Ángel. 17/01/2024,
Sevilla
