Si uno hiciese crónica histórica
de este blog, porque así lo considerase, encontraría un bache raro, temporal y
temáticamente, y éste se produciría alrededor de ¡Enhorabuena!
Si bien algo me llevó a escribir
como lo hacía años atrás me gusta verlo como una fiera que espera entre la alta
maleza con sus ojos rasgados y su ronroneo sensual, deseosa de un movimiento en
falso para darle sentido a las babas que su boca genera inmisericorde con su
presa, no como una pulsión degenerada que me crece dentro como un globo a punto
de explotar que llega a su zénit.
Podría comprender entonces que un
par de entradas fueran producto del escalofrío de sentirse observado por un
predador. Algo que prepara a la víctima para su fútil huida que acabará, de
manera inexorable, entre unas fauces, a medio colgar. Muy poco aesthetic. Muy
poco ASMR.
De la plácida preparación, donde
los planes suenan bien, donde todo está controlado y parece milimétrico, se
pasó a la ejecución, donde las torpezas aparecen entre los renglones del papel
que vaticinaba otro futuro. Los tropiezos no estaban pronosticados, el flato no
estaba previsto, los calambres jamás fueron parte de un pensamiento y, por
supuesto, la derrota nunca fue considerada en su totalidad más que como una
parte del papel que se evita mirar.
Entonces, desangrado, macilento,
desvaído, mustio y condenado. Haciendo agua, por no decir haciendo sangre, el
reo enfrentó el mallete chocando con el estrado del juez sin demasiada
entereza, entre el histrionismo y la autocomplacencia.
Sí. Me gusta esa palabra. Con y
sin tilde. Condicional y afirmativa. Etérea y corpórea. Sí, su último mensaje,
a día de hoy, es ¡Enhorabuena! Aún hay motivos para escribir porque aún el
mundo me arroja estas ironías sobre las que reflexionar.
Miguel Ángel.
01/02/2024, Sevilla
