El color de mi camisa es pequeño
azul colapso. Me lo dijo la vendedora:
“Esta camisa es pequeño azul
colapso”.
Es un color atigrado y salvaje,
con tonos nostalgia y alegría, algo de catinonas y poco de lisergia, pero mucho
de ácido. Tiene algunos marcianos que cuelgan de la solapa y dos o tres
pirámides, ladrillo a ladrillo, con algunas escrituras en cirílico y letras en
sánscrito para alertar a los ladrones que vienen robando el alma.
Hay algunas ocasiones entre las
costuras y serpentean dos lenguas por el interior, como de algodón almidonado,
a cuenta de laca o de caspa moderna. Un par de submarinos flotan en el cuello y
un portaaviones mira con recelo desde la manga, donde se avista una conus
gloriamaris que huele a salitre y verdad, con tonos de caoba y jolgorio, algo
de mentira y mucho de pasión en la arena.
La tela es de caballo de Siberia
vegana, sin colorantes y con pesticidas. Carece de cianocobalamina o tiamina,
pero tiene cítricos incorporados. No tiene bolsillos donde quepan cosas
importantes, pero tampoco los tiene para las que no lo son. Su talla es
basilisco cremallera y rompido de ola con crujido de rama, quedaban también
gorila de manzana con caramelo y perro espadachín, y corte de helado cruzado
con puntos de sutura, pero me gustan entalladas.
Una guerra abierta entre
escarabajos y cipreses se tradujo en cenizas al descubierto, mierda
arremolinada y algunas camisas. Al mundo le llegaba el fin y aplazaron el
dormidor. Alguien dio una punzada mientras cantaba nanas a sus querubines. Al
finalizar, extendió la mano y le cayeron dos monedas. Con eso pudo cenar esa
noche. Un mes por una noche. En la camisa se puede ver todo esto.
Yo no conocía este color. Me dice
que es una camisa básica, sin más adornos que su color. Yo en ella veo el mar,
y el cielo, y los infiernos, y las pupilas y las escleróticas, y la condena y
la absolución. En ella me veo. Me la pongo para que me vean.
En un cuento un rey va desnudo y
nadie le dice nada. Lo mismo a mí me pasa algo igual. Lo mismo me cuentan un
orgasmo y se le pega a la ropa. A lo mejor, debería vestir gris; guardar la
camisa, cerrarlo con llave, apijamarme lo neutro, dormirme en los laureles,
pasear por Babia y escuchar un cuento chino. Por hoy decido
Miguel Ángel.
21/04/2024, Sevilla
