Buceo entre aguas fecales
buscando un tesoro que permanece oculto.
La opacidad del líquido elemento
es sólo un nivel más de dificultad conjugado con la necesidad de practicar este
deporte en apnea. Mi amiga Marina es muy buena en apnea. Me dice que, en cuanto
abandonas el miedo, puedes estar hasta cinco minutos sin respirar. Yo prefiero
olvidarme del miedo y de la paz y embozarme la tráquea de mierda con tal de
utilizar el tubo este un rato y dejar de pensar que el aire me es
imprescindible para seguir buscando.
Trago a trago, bocanada a
bocanada, brazada a brazada, o como se llame a la técnica de buceo, sigo
buscando, sin luz, a tientas.
Encuentro joyas y papeles del
pasado que, a duras penas, se pueden leer. Títulos de deuda y de nobleza
antiguos, ya oxidados, en el fondo de este mar nauseabundo.
Cuando hace un tiempo me monté en
mi barco pirata, puse rumbo a mi antigua tierra para rescatarme a mí mismo, que
largo tiempo pasé en otras islas.
Fui pionero en hablar otras
lenguas. Fui único en sus plazas. Fui nuevo en los bares. Fui un excelente
risueño con tal de esculpir un abrazo en los cuerpos de desconocidos. Hice
amigos en el cielo y en el infierno. Hice familia en otras pieles, otras
sangres, otras calles, otras fuentes. Besé en muchas esquinas. Sufrí en otras
tantas. Tiré hacia delante con la fuerza de quien sólo se sostiene de sus ganas
de sobrevivir. Sobreviví. Recordando los tiempos en mi tierra. Contándole a las
nuevas gentes toda mi vida, orgulloso de mis raíces y mis cuentos, de mis hojas
y sus pétalos.
Deseé muchas veces volver y me
comunicaba, telepáticamente (o por whatsapp, según se prefiera), con aquellos
tallos que me crecieron en la adolescencia y que me daban comida cuando la luz
nos daba y calentaba. Y cuando me comunicaba todo eran cantos de sirena para
orientar mi proa a una vuelta pronta.
Para cuando llegué, toda la isla
que conocí como hogar estaba inundada. Inundada de excrementos.
Y saltaré de nuevo mañana, y
buscaré, sin aire, en el fondo, el rastro de aquel cartel de bienvenida que me
faltó.
Y aprenderé que, una vez más,
toca sobrevivir, y ser pionero en mi lengua, y único en mi plaza, y nuevo en
los bares, y excelente risueño con tal de esculpir un abrazo en cuerpos
desconocidos. Y tendré que hacer amigos en este cielo y sus infiernos, y hacer
familia de esta piel, esta sangre, estas calles y estas fuentes.
Antes tenía sentido, no había
nada. Solos, yo y mi bandera. Ahora, me duele tener que hacerlo porque aquí, en
teoría, tenía que haber sido diferente. Yo venía a descansar junto a mis
tesoros en una mecedora y me encuentro, de nuevo, con la bandera en la mano y
la tierra que reclamar.
¿Tierra a la vista? Quizás sea
buena idea posar ojo en mi catalejos en busca de alguna nube porque esto no es
tierra. Esto es cieno.
Miguel Ángel.
18/03/2024, Sevilla
