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jueves, 18 de abril de 2024

Tierra a la vista

Buceo entre aguas fecales buscando un tesoro que permanece oculto.

La opacidad del líquido elemento es sólo un nivel más de dificultad conjugado con la necesidad de practicar este deporte en apnea. Mi amiga Marina es muy buena en apnea. Me dice que, en cuanto abandonas el miedo, puedes estar hasta cinco minutos sin respirar. Yo prefiero olvidarme del miedo y de la paz y embozarme la tráquea de mierda con tal de utilizar el tubo este un rato y dejar de pensar que el aire me es imprescindible para seguir buscando.

Trago a trago, bocanada a bocanada, brazada a brazada, o como se llame a la técnica de buceo, sigo buscando, sin luz, a tientas.

Encuentro joyas y papeles del pasado que, a duras penas, se pueden leer. Títulos de deuda y de nobleza antiguos, ya oxidados, en el fondo de este mar nauseabundo.

 

Cuando hace un tiempo me monté en mi barco pirata, puse rumbo a mi antigua tierra para rescatarme a mí mismo, que largo tiempo pasé en otras islas.

Fui pionero en hablar otras lenguas. Fui único en sus plazas. Fui nuevo en los bares. Fui un excelente risueño con tal de esculpir un abrazo en los cuerpos de desconocidos. Hice amigos en el cielo y en el infierno. Hice familia en otras pieles, otras sangres, otras calles, otras fuentes. Besé en muchas esquinas. Sufrí en otras tantas. Tiré hacia delante con la fuerza de quien sólo se sostiene de sus ganas de sobrevivir. Sobreviví. Recordando los tiempos en mi tierra. Contándole a las nuevas gentes toda mi vida, orgulloso de mis raíces y mis cuentos, de mis hojas y sus pétalos.

Deseé muchas veces volver y me comunicaba, telepáticamente (o por whatsapp, según se prefiera), con aquellos tallos que me crecieron en la adolescencia y que me daban comida cuando la luz nos daba y calentaba. Y cuando me comunicaba todo eran cantos de sirena para orientar mi proa a una vuelta pronta.

Para cuando llegué, toda la isla que conocí como hogar estaba inundada. Inundada de excrementos.

 

Y saltaré de nuevo mañana, y buscaré, sin aire, en el fondo, el rastro de aquel cartel de bienvenida que me faltó.

Y aprenderé que, una vez más, toca sobrevivir, y ser pionero en mi lengua, y único en mi plaza, y nuevo en los bares, y excelente risueño con tal de esculpir un abrazo en cuerpos desconocidos. Y tendré que hacer amigos en este cielo y sus infiernos, y hacer familia de esta piel, esta sangre, estas calles y estas fuentes.

Antes tenía sentido, no había nada. Solos, yo y mi bandera. Ahora, me duele tener que hacerlo porque aquí, en teoría, tenía que haber sido diferente. Yo venía a descansar junto a mis tesoros en una mecedora y me encuentro, de nuevo, con la bandera en la mano y la tierra que reclamar.

 

¿Tierra a la vista? Quizás sea buena idea posar ojo en mi catalejos en busca de alguna nube porque esto no es tierra. Esto es cieno.

 

Miguel Ángel. 18/03/2024, Sevilla