Me nace por dentro una sensación
del tamaño de una lenteja. Le doy cabida entre mis huesitos y le canto nanas
para que crezca grande y fuerte. Un día le pongo nombre y otro le hago un
bautizo.
Al cabo de un tiempo, presentada
en sociedad, celebra sus cumpleaños con autonomía y reivindica su día
internacional.
No sé si tiene que ver con las
artes de la persuasión o, más bien, con una ignorancia premeditada y selectiva
o, simplemente, ciega y presente, pero me encuentro reivindicando mi derecho a
estar jodido. Ni siquiera solicito que se entienda, ni le doy cabida a la
lógica, sólo a que me jode algo y que actúo en consecuencia.
Para que me entiendan, lo veo
similar a poner un pie en unas brasas porque uno considerase que es la
encarnación de un mesías de lo ígneo. Amplios sermones habría gastado este
personaje en alguna montaña, junto algún olivo, rodeado de nuevos feligreses que
le creen, o no, pero que le siguen a verle andar sobre las llamas. Y en el
mismo momento en que posa su pinrel en los restos de la barbacoa se da cuenta
que no, que no es tan mesías ni tan inmune.
“Creo que me he equivocado, no
volverá a ocurrir”, supongo que musitaría.
Entonces, para que me entiendan,
la turba le obliga a andar por el fuego.
Y la lenteja crece y se hace amapola,
y bebo su dormidera y las nanas que le canté se me contagian. Al final, si uno
aprende a notar sus lentejas, pocas veces se convierten en dragones.
Miguel Ángel. 18/04/2024,
Sevilla
