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jueves, 2 de mayo de 2024

Aplazos

Con la cuenta pagada abrieron una nueva.

 

Nos sentamos a hablar sobre la vida. Primero una, luego otra, luego otra, y yo no supe qué decir. Me comió la lengua la sonrisa sin gato, supongo.

 

Como yo me he propuesto contar algo cada semana, me siento frustrado porque podría haber desarrollado esta entrada oralmente, pero dadas las circunstancias que acontecen, me veo obligado a relatar lo que allí se dio en mi cabeza.

 

 

La vida le ponía límites de pago y ella pagaba a plazos. Al final del día, entre una y otra decisión, se comía las uñas pensando en la siguiente cutícula. Las almohadas se la engullían y sus piernas no paraban de golpear el suelo a rítmico compás. Aplazos. Esa es la definición de su actuación ante lo que viene.

Yo la conocí en uno de esos. Ella no sabía si lanzarse a una piscina de champán o darle dos saludos al sol. Su pareja, la de aquellos tiempos, era su ancla al presente y a volver a aplazar la decisión. En el aire, aún dudaba, en postura de loto, sobre si caer al líquido o alabar a la estrella.

Cuando terminaba de decidir, el tren ya estaba en marcha, pero entonces las piernas, los ojos, los brazos y hasta las encías le funcionaban a toda máquina. Y nunca perdió un vagón. Y si lo hizo, fue por vacile, porque no quería cogerlo y aún no lo sabía.

Su poder de decisión era, paradójicamente, más potente que las noches que pasaba en vela indecisa. Cuando cogía esa cuerda no la soltaba ni aunque ardiese en sus manos como pólvora sometida a llama. Y de sus ojos saltaban chiribitas que anunciaban una mascletá cósmica.

 

Y allí estaba ella, de nuevo, en una indecisión. Entre lo misterioso y lo conocido. Entre lo apasionante y peligroso y lo cotidiano y mordaz del día a día, que tanto se busca cuando no se tiene y tanto apaga la lívido cuando estás follando con ella.

Y allí estábamos nosotros. Oyendo su debate interno. Que se vaya, querían nuestros deseos para su felicidad. Que se quede, quería nuestra ansia de sus aplazos.

 

Qué musical es ver a un pájaro con la puerta abierta y saber que si lo guías saldrá, y si sale no lo volverás a escuchar cantar. Qué musical es el silencio que deja la felicidad del encadenado cuando se sueltan los grilletes.

Qué triste sería no volver a vivir sus aplazos. Qué largo se haría febrero si enero terminase con su ida.

 

Miguel Ángel. 17/1/24, Sevilla