Detrás de la barra de este bar,
después de atender a su marido, aún abrochándose la camisa, su mirada
inquisidora persigue mis labios. Intenta encontrarla, pero no puede. Esa pista
que le dibuje una bandera en la sesera y, por fin, calmar su ansia de categorizar.
Así que decide dejar de esconderse y preguntar a cara descubierta.
Usted no es de aquí, ¿no?
De aquí de dónde, ¿señora? ¿Me
pregunta por el planeta Tierra? Respondo socarrón.
Ella titubea, así que aprovecho
para sembrar aún más desconcierto.
¿Se refiere a la vía láctea?
Por fin, consigue sacarse las
impurezas que le han generado mis gilipolleces y continúa. Usted no es de
Sevilla.
Pues yo qué sé. Yo no soy de
nadie. Supongo que tampoco de Sevilla. Si me pregunta usted si he nacido aquí,
sí que lo he hecho. ¿Que si soy uno de los tuyos? ¿Uno de los vuestros? Yo voy
por libre. El aire me lleva y me trae y sólo le debo lealtad a quien se la
declaro. Soy de mi abuela y de los domingos comiendo con ella. Mi sangre no
entona nacionalismos más allá del amor que siento hasta por los mosquitos que
pueblan mi escritorio cuando escribo de noche.
Si pudiese elegir dónde nacer lo
hubiese hecho en la luna, pero a mí no me preguntaron. Me echaron con esfuerzo,
sudor, sangre y mierda a una toalla y poco más me alumbró en los comienzos. No
vinieron reyes, ni pastores. No había mulas, ni bueyes. No vine predicho en los
huesos de un pájaro, ni se reveló, mediante ángeles, mi llegada.
Sí, soy de Pino Montano, respondí
con una sonrisa.
Ella no terminó de creérselo,
pero necesitaba pasar al siguiente paciente a la consulta, así que recogió su
bolso, su necesidad de hacerme preguntas sobre mí mientras su marido enfrenta
un diagnóstico tan certero y casi tan letal como un tiro y se fue, como se van
los vapores al cielo o la voluntad que me queda a los pies.
Miguel Ángel. 11/8/2023,
Sevilla
