¿Qué
más da si el presente se fuma y consume en una luminosa llamarada?
De
repente lo entendí. Todos esos sacrificios humanos al dios de la lluvia en
alguna pirámide maya, todas las brujas quemadas en hogueras, todos los reyes
decapitados, todas los polvos rechazados y todas las líneas voladas de un
soplo. En un solo instante fui todos ellos, y subí la escalinata con la cabeza
alta, ardí incombustible, me descabecé sin despeinarme, me la envainé y me
volví viento.
Con
mis bolis a mis lados, planteándome si soy más yo que el yo que era ayer o si
lo seré menos que el que sea dentro de unos años, decidí dedicarle una hora más
al señor en el que me convertiré, no lo interrumpa un camionero hipnotizado por
Morfeo, en algo de tiempo.
No
sé si merecerá la pena perderme tantos soles y besos. No sé si las sonrisas
caducan antes de dejar de florecer. Algo he escuchado. Aparentemente, estoy en
el camino equivocado, el de los que se arrepienten, pero ¿qué otra cosa se
podría esperar de alguien que regenta los viernes un blog? No me imaginaba como
el culmen de la felicidad o la máxima expresión de la viveza tampoco cuando no
sabía que prefería las plumas de tinta líquida.
Y
pasan los años y el futuro sigue estando ahí, delante, y yo aquí, retrasado a
mi propio funeral. Y los quedos siguen sentados, resoplando, con cosas mejores
que hacer, y yo me resisto a no llevarme conmigo todos mis trofeos en la piel.
Me cuesta echar de más alguna arruga en la frente, de las que me dibujo cuando
no me entra en la cabeza qué clase de reflexión lleva a uno a encender el
mechero y meterle fuego al calendario porque después del papel viene una lluvia
de confeti. Confeti negro y que quema, pero confeti.
Miguel Ángel.
23/05/2024, Sevilla
