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jueves, 20 de junio de 2024

Next Generation

Mi altavoz necesitaba una sonda nasogástrica que lo alimentase. Muertecito el pobre, con una parpadeante luz led roja en su cabeza me pedía dejar de ser la víctima de la inanición a la que le estaba condenando. Yo no sé dónde habré dejado el cable que le conecta a la vida, así que salí raudo a buscar algo que ayudase a mis oídos y mi cuerpo a vibrar como acostumbra.

Llegué a una tienda y me quité los cascos. Le expliqué la situación al dependiente. Él me respondió con distintos cables y distintas características. Mi incipiente mente de loco se decantó por el más simétrico. Que tenga un buen día, le dije con una sonrisa, y salí volviendo a colocarme los cascos.

 

Sonó, como por arte de magia, Ríe Chinito, de Perotá Chingó y pasé, como una brisa entre los juncos, junto a un milagro.

 

Varias jubiladas de oxidadas articulaciones se arremolinaban alrededor de una pareja china, en la puerta de su establecimiento. Ella, sonriente, sostenía una criatura en sus brazos, y un carro que besaba su otra mano terminaba de desvelar el misterio.

Una de las ancianas se acercó al hombre a tocarle el brazo mientras señalaba el carro vacío. Él, con la misma sonrisa orgullosa, señaló a su pareja y la mujer aproximó su carne y espíritu a vislumbrar al infante.

A pocos pasos de esta estampa, una cuadrilla de borrachos disfrutaba de su cerveza de buena mañana mientras sonreían de oreja a oreja, como yo, a mi paso feroz.

 

Qué hubiese dado yo por haber sido parte de tanta felicidad y no sólo quien les toma una foto desde la distancia. A veces, la música nos acerca. Otras, nos separa. Las menos veces, porque si pone atención el ojo, las almas se retuercen todas juntas en el cielo.

 

Miguel Ángel. 10/06/2024, Sevilla