Mi altavoz
necesitaba una sonda nasogástrica que lo alimentase. Muertecito el pobre, con
una parpadeante luz led roja en su cabeza me pedía dejar de ser la víctima de
la inanición a la que le estaba condenando. Yo no sé dónde habré dejado el
cable que le conecta a la vida, así que salí raudo a buscar algo que ayudase a
mis oídos y mi cuerpo a vibrar como acostumbra.
Llegué a una
tienda y me quité los cascos. Le expliqué la situación al dependiente. Él me
respondió con distintos cables y distintas características. Mi incipiente mente
de loco se decantó por el más simétrico. Que tenga un buen día, le dije con una
sonrisa, y salí volviendo a colocarme los cascos.
Sonó, como por
arte de magia, Ríe Chinito, de Perotá Chingó y pasé, como una brisa entre los
juncos, junto a un milagro.
Varias
jubiladas de oxidadas articulaciones se arremolinaban alrededor de una pareja
china, en la puerta de su establecimiento. Ella, sonriente, sostenía una
criatura en sus brazos, y un carro que besaba su otra mano terminaba de
desvelar el misterio.
Una de las
ancianas se acercó al hombre a tocarle el brazo mientras señalaba el carro
vacío. Él, con la misma sonrisa orgullosa, señaló a su pareja y la mujer
aproximó su carne y espíritu a vislumbrar al infante.
A pocos pasos
de esta estampa, una cuadrilla de borrachos disfrutaba de su cerveza de buena
mañana mientras sonreían de oreja a oreja, como yo, a mi paso feroz.
Qué hubiese
dado yo por haber sido parte de tanta felicidad y no sólo quien les toma una
foto desde la distancia. A veces, la música nos acerca. Otras, nos separa. Las
menos veces, porque si pone atención el ojo, las almas se retuercen todas
juntas en el cielo.
Miguel
Ángel. 10/06/2024, Sevilla
