Envío una entrada. Me habla un bot. Que si quiero seguidores. Ya van tres seguidas que no entra gente a verlas. Comienzan las inseguridades. Siento vergüenza.
La calle se hace larga, parece que no acaba, y ni aún así a mi cabeza se la termina el carrete.
Llevo una temporada en la que no paro de pensar en cuánta gente entra, en cuánta gente lo lee, si algún día lo que escribo me va a morder en el culo y no podré ser presidente de la comunidad de vecinos porque la sensibilidad del futuro no va a ser acorde a las miserias que se me ocurren semana a semana. Hoy parece que se están condensando todas esas preocupaciones en esta acera. Esta acera que me da la sensación de que construyen a medida que ando en dirección a una tostada. El cielo es asquerosamente gris y la estética urbanita no ayuda a relajarse con sus miles de estímulos. No hiperventilo, pero tampoco me faltan ganas.
-Hey, he visto lo que me mandaste. Muy chulo.
-Perdona, ¿qué? Estaba en mis cosas.
-Lo que me mandaste.
-Ah, el blog, ¿te gustó?
-Sí, ¿escribes mucho, no?
-Me propuse subir una a la semana.
-Pues me gustó.
Se me ilumina el corazón. Canta algún pájaro y lo sé, aunque me lo tape el claxon de un coche a mi lado. Mi vergüenza se disipa. La inseguridad se desvanece. Me crece la sonrisa. Qué gracias más silencioso.
Ni siquiera hace falta que entre otra vez, que me lo diga más o que sea verdad. A veces, ni el más outsider de los exiliados es ajeno a la validación de la tribu. Hoy voy a bailar alrededor del fuego a ver si el Dios de los relatos deja de apretarme la cabeza con los dedos.
