A través de esta ventana veo un edificio con 45 cristales distribuidos como ojos a lo largo del cuerpo
de un monstruo de pesadilla que parpadea de manera desigual. Tan aleatoriamente
sensibles al sol son sus vecinos.
Su color es de corte de helado café y crema y la atención, esta vez, la
captó una ligera masa de vapor que se escapa de un tubo como reflejando que
está viva, a duras penas.
Inertes, ninguna de las cuadrículas refleja más vida que unas cuantas
inmóviles plantas y el suave contoneo de los flecos que dejan los toldos
recogidos de alguno.
Hay persianas para todos los gustos. Me paro a pensar lo curioso que me
parece que en reino unido no tengan de estas y aquí pueblen toda la pared, con
el culo de un montón de aires acondicionados.
En algún lugar, la primera de las fachadas a las que miré de soslayo
tiene que estar envidiosa de cómo miro a esta y cómo la miré a ella. Lo siento,
de verdad, no eras tú, era yo.
Esta fachada está viva sin tener mucho que lo demuestre. Quizás la vida
no está tanto en los corazones que bombean sino en los ojos que lo constatan.
Berkeley habló sobre esto hace mucho tiempo señalando al árbol que cae en mitad
del bosque sin que nadie lo presencie y yo me atrevo hoy a seguirlo. Las
fachadas tienen mejor pinta si las miras tras una sonrisa.
Miguel Ángel.
21/11/2024, Sevilla
