Somos víctimas de nuestro tiempo y verdugos del que viene. Más o menos.
Me gustaría mucho seguir casi aséptico en términos de política y
economía. Hasta tengo pensado bajo qué pseudónimo escribiría sobre esos temas
y, desde luego, no sería bajo este. Usen este párrafo a modo de descargo de
responsabilidad, disclaimer para los anglófilos.
Mamá, ¿por qué me prometiste un porvenir dorado si seguía las baldosas
amarillas? ¿Por qué no, simplemente, me retaste a ver lo que había al fondo del
camino? Cuántas expectativas sobre un futuro marcado por el provecho y las
rentas del esfuerzo me he creado yo con el “estudia y serás alguien”.
Cuando llegué a Reino Unido se puso de moda entre los inmigrantes
cualificados una frase en base a la que acabo de pronunciar. Decía algo así
como “Estudia y llegarás lejos; y aquí me tienes, a tres países de distancia”.
Me da que reflejaba, con el humor que creo que jamás se debe perder en las
catástrofes, el canto de una generación de personas que siguieron las
instrucciones del postre y acabaron haciendo lentejas.
A raíz de aquello he observado una cierta virulencia que se recrudece
año tras año. El desengaño ha ido yendo a más y para muchos se ha vuelto
insostenible. Y me parece curioso, en este mismo sentido, que aún tenga pares
que sigan enojándose con otros cuentos que provienen de la misma fuente, como
si no supiesen ya que no están haciendo tarta de queso (cheesecake, para los
anglófilos) en cuanto cogen los guisantes y los meten en la olla.
Total, que estábamos engañados y la clave del éxito no se parece a la de
sol que aparece en el pentagrama que leían nuestros padres al cantarnos nanas.
Y a mí me produce estupor, que es una palabra que me gusta mucho, ver a los
mismos que viven en descubrir que los reyes (O Santa Claus, para los
anglófilos) son los padres gritando que, por una vez, se haga exactamente lo
que piden sus padres, con aires de suprema originalidad y creatividad. Y
vuelven a deshacer el lazo con la misma ilusión para encontrarse, de nuevo, con
un guante de boxeo propulsado por un muelle sellado por el mismísimo destino.
Y no me malinterpreten. Yo ya he pillado el
chiste. Estamos condenados a una tasa de contradicciones dentro de nuestra vida
y pienso descojonarme cada vez que pille una, sin arruinarle la broma al de al
lado, que no soy yo de los que cuentan el final mientras comen palomitas;
spoilers y popcorns, para los anglófilos.
Miguel Ángel.
18/11/2024, Sevilla
