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jueves, 5 de diciembre de 2024

Manido, casposo

  Somos víctimas de nuestro tiempo y verdugos del que viene. Más o menos.

 

  Me gustaría mucho seguir casi aséptico en términos de política y economía. Hasta tengo pensado bajo qué pseudónimo escribiría sobre esos temas y, desde luego, no sería bajo este. Usen este párrafo a modo de descargo de responsabilidad, disclaimer para los anglófilos.

 

  Mamá, ¿por qué me prometiste un porvenir dorado si seguía las baldosas amarillas? ¿Por qué no, simplemente, me retaste a ver lo que había al fondo del camino? Cuántas expectativas sobre un futuro marcado por el provecho y las rentas del esfuerzo me he creado yo con el “estudia y serás alguien”.

  Cuando llegué a Reino Unido se puso de moda entre los inmigrantes cualificados una frase en base a la que acabo de pronunciar. Decía algo así como “Estudia y llegarás lejos; y aquí me tienes, a tres países de distancia”. Me da que reflejaba, con el humor que creo que jamás se debe perder en las catástrofes, el canto de una generación de personas que siguieron las instrucciones del postre y acabaron haciendo lentejas.

 

  A raíz de aquello he observado una cierta virulencia que se recrudece año tras año. El desengaño ha ido yendo a más y para muchos se ha vuelto insostenible. Y me parece curioso, en este mismo sentido, que aún tenga pares que sigan enojándose con otros cuentos que provienen de la misma fuente, como si no supiesen ya que no están haciendo tarta de queso (cheesecake, para los anglófilos) en cuanto cogen los guisantes y los meten en la olla.

 

  Total, que estábamos engañados y la clave del éxito no se parece a la de sol que aparece en el pentagrama que leían nuestros padres al cantarnos nanas. Y a mí me produce estupor, que es una palabra que me gusta mucho, ver a los mismos que viven en descubrir que los reyes (O Santa Claus, para los anglófilos) son los padres gritando que, por una vez, se haga exactamente lo que piden sus padres, con aires de suprema originalidad y creatividad. Y vuelven a deshacer el lazo con la misma ilusión para encontrarse, de nuevo, con un guante de boxeo propulsado por un muelle sellado por el mismísimo destino.

 

    Y no me malinterpreten. Yo ya he pillado el chiste. Estamos condenados a una tasa de contradicciones dentro de nuestra vida y pienso descojonarme cada vez que pille una, sin arruinarle la broma al de al lado, que no soy yo de los que cuentan el final mientras comen palomitas; spoilers y popcorns, para los anglófilos.

 

Miguel Ángel. 18/11/2024, Sevilla