A falta de ironía, el destino decidió
nombrarla Livertad, con v de destrozo.
Hablarte de ella es suspirar e intentar
resumir el torbellino que representaba. Su cartera siempre vacía y su corazón
siempre lleno. Su pelo era prolongación del sol y cada uno de estos rayos
calentaban la tierra a su manera. Era la máxima expresión de la expresión y sus
manos dibujaban en el cielo canciones cuando hablaba. Su boca siempre tenía
agujetas de reír en compañía de sus ojos, de fruncirse bañado en lágrimas o de
aspirar alaridos día, tarde o noche. Sus cervezas nunca se acababan, como
sus amigos. Se sentía sola, incomprendida y desheredada de la virtud. Tenía mil
y un demonios que, domesticados, jugaban a arañarle el corazón. Se
autoconvencía de que a esta siempre iba la vencida...
Jugaba a equivocarse y vivir era su mayor
hobbie. Era experta en el arte de sentir y creía que su vida no valía
demasiado, pero luchaba por torcer el destino que se equivocó con su letra.
Viajaba sin querer, rompía queriendo, cantaba con pasión y follaba entre las
nubes. Casi divina, casi infernal, arrojaba lamentos en forma de acciones.
Rescataba perdedores como yo y les daba un motivo para seguir.
Poseía la línea divisoria entre el pecado y
la oración y alimentaba la imaginación del hambriento. Era genial, era
estupenda. Acostumbraba a lanzarse a abismos sólo para saber qué se sentía al
volar. Su cuerpo era un templo al que muchos fueron a rezar y pocos volvieron
cuerdos. Era feminista, era guerrera, era un triunfo de la biología.
No tenía ritmo ni swing, no tenía preparado
ningún baile...aun así, su casa se alojaba bajo sus piernas y se sentía cómoda
cuando la hacía temblar al ritmo de la música. No tenía un acento cálido pero
sus palabras te ardían en el sentido. Allá donde fuera siempre la conocía
alguien y si no lo arreglaba. Deseaba ser parte de algo más grande que ella sin
saber que era una parte brillante de la perfección.
Ay de ella si hubiese sabido que su felicidad
estaba en el espejo y no en los ojos de los corazones que pretendía salvar. Ay
de ella si hubiese tenido un buen pasado. Ay de ella si el alma le hubiese
cabido entre esos huesecillos. Ay de ella si hubiera sabido que era perfecta.
¿Cómo? ¿Que por qué te hablo de ella en
pasado? Porque, al final, un día de esos en los que se debatía entre una droga
u otra, se dio cuenta de que ella lo era todo. Echó una carcajada y, desde
entonces, brilla en el cielo como el sol.
¿Que cuándo pasó? Un día de estos pasará.
No, no era su nombre, pero si de algo estoy
seguro es que no le hacía justicia ninguno más que Libertad.
Miguel Ángel. 24/03/2016, Taunton
