A veces, la vida parece como que acelera y tú
estás aún por terminar de entrar. Como intentando sentarte en un coche en
marcha. A veces, arde el asfalto bajo tus pies a cada zapatazo que das
intentando volar en lugar de correr. A veces, al calendario se le caen de golpe
todos los cuadraditos. Como si el otoño llegase y terminase el mismo día. A
veces, te llueven los días, amarillos.
A veces, empiezas a trabajar en un turno fijo
de tarde y tú intentas partir el día en dos, como un pico, para que te cunda
más, y lo partes en ochocientos trozos, como los picos, y te federas como
jugador de ajedrez para hacer de tu vida un chiste más gracioso, y los domingos
tienes que ir a Lebrija, y haces exámenes de los que te dan la nota un mes
después, y sacas un sobresaliente, y haces yoga por las mañana, y no te gusta
el trabajo, y ves caras mustias por los pasillos, y un viernes tendrías que
salir a las diez, pero la cosa se complica y sales a la una y media de la
mañana, y ya no está abierta la freiduría donde pensabas empapar tus arterias
en colesterol, y mañana es el cumple de la abuela, que te recuerda que nadie
quiere ir a tu cumple, y te levantas y haces yoga y vas al cumple habiendo
dormido poquísimo, y te vas temprano porque tienes sueño y no terminas de
estar, y tiene pinta de que va a llover, que no ha parado de hacerlo en el
último mes, ¿qué dices mes? Puede que no haya parado de llover en el último
año, y se te quedan los pies fríos, y vas a tu casa a dormir, y duermes una
hora, y tienes comprometida una noche romántica, y vas a la cena romántica, y
es una fiesta de cumpleaños sorpresa, y te recoges a las cuatro y media de la
mañana, y suena la alarma porque es domingo y tienes que ir a Lebrija a jugar
con blancas, y vas a Lebrija y pierdes, y te llega un mensaje y te dan un día
libre por quedarte hasta la una y media el viernes, y llega el lunes y tienes
que ir a trabajar otra vez, y te encuentras con un imbécil incapaz de gestionar
su frustración y te amarga la tarde, y tienes los pies fríos porque no para de
llover, y te llega un mensaje diciendo que el sobresaliente ahora es una
matrícula de honor, y en el autobús huele raro y a ti se te ha doblado el libro
que lees por la humedad, y alguien te tose en la nuca, y quedas con una amiga
para desayunar al siguiente día, que lo tienes libre porque te quedaste el
viernes, y te levantas temprano, y sales a la intemperie, y vuelves a tu casa a
desayunar, y echáis la mañana entera, y recoges la ropa, y haces algo de comer,
y la papelera está llena y ¿cómo será esto posible?, y terminas de comer
sabiendo que tienes que salir con el estómago lleno a la calle, a la fría
calle, y te cepillas los dientes para ofrecer tu mejor cara al mundo, y vas a
por las llaves, que las tienes en el chaquetón, en el que dejaste en el suelo
porque no tienes un mueble mejor de momento en tu cuarto, y las coges, y vas a
la puerta, y sales, y recuerdas que no has cogido la basura, y vuelves a
entrar, y la coges, y sales al portal abrigado con una sudadera porque te
parece que usar el chaquetón es ser un excesivo ahora que ha salido el sol, y
abres la puerta del portal y te da el sol.
A veces, te da el sol de las tres de la
tarde, que es uno muy esquivo cuando tienes que trabajar los mediodías. A
veces, sólo a veces, el sol y tú sois uno entre un vientecito que te acaricia
como una mamá y con el calor de la alegría. A veces, sin que sirva de
precedente, se alinean una estrella, la tierra, y tu corazón.
No siempre pasa que descubras a esas horas el
amor por lo más básico, y hoy ha pasado. Qué alegría da el sol de las tres de
la tarde. Cómo relaja las penas del mundo ése. El sol de las tres de la tarde.
Miguel Ángel. 18/03/25, Sevilla
