Ramiro ha soltado las cosas que le hacen mal, como que un amigo le deje
de hablar, acordarse de las partes malas de la relación con su padre o de las
cosas que quiere ir avanzando y que parecen eternas o de cuando a su mujer,
Antonia, le dice lo que siente y ella se enfada.
Ramiro me ha informado sobre cómo sus sentimientos son constantemente
invalidados porque él es Ramiro y no Hermenegildo, que es otro vecino que vive
por aquí, que cuando canta sus penas todo el mundo suspira. A Ramiro le
gustaría ser Hermenegildo, pero Ramiro es Ramiro y le toca vivir con lo que
vive.
Hoy Ramiro reporta que una vez le dijo a Antonia que le dolía la afición
de esta por tirar cuchillos con los ojos vendados para ser una gran artista
circense. Antonia se ofendió mucho y lloraron los dos. Fue una noche muy
triste. Al final, Ramiro le pidió perdón y le aseguró que jamás se volvería a
quejar del lanzamiento de aceros, así que se compró una caja de tiritas y
siguió con sus cosas. Qué sorpresa me he llevado, Antonia no parecía nada ágil.
Pues sí, me ha dicho, lo intentó mucho tiempo y fallaba siempre en los mismos
tiros, dándole al pobre en toda la mano. Que se quejó y todo eso, pero que sólo
llevó la situación a una insostenible bronca, y con lo mucho que le gusta a
Ramiro como Antonia prepara la sopa de ajo y lo bien que huele y lo a gusto que
está con ella cuando hacen crucigramas los martes por la tarde junto a su gato
Ulises, pues como que se lo calló, y nunca más se supo de las dolidas falanges
de Ramiro.
Si es que Ramiro es un buenazo, pero es muy pesado, por lo que he tenido
que pedirle que se calle, que no es justo para alguien como yo ir por la calle
y ser asaltado con tanto drama y con tanta pena, que venga cuando tenga cosas
buenas que contar, que a ver si se va a creer que es Hermenegildo.
Miguel Ángel. 28/01/25,
Sevilla
