Son las tres de una tarde cualquiera entre semana y yo tengo un gorro
puesto que les corta la circulación a mis orejas. Hay pitidos de máquinas que
no voy a tocar y abro tantos paquetes de plástico que siento que yo solo soy
responsable de la contaminación de todos los mares del planeta, una tarde
cualquiera.
No es un odio visceral, ni siquiera uno residual, como el zumbido de un
mosquito que acecha en la oscuridad, es más un disgusto en general, como notar
una astilla clavada en un dedo y no poder parar a quitarte el calcetín; algo
que notas paso a paso, pero que desaparece si te paras a oler una flor.
En los quirófanos no hay flores, y eso creo que los hace un poco más
tristes, pero considero que he hablado largo y tendido sobre la fuerza que
tiene la naturaleza para crecer hasta en medio del alquitrán. La clave no está
en plantar almendros, sino en maravillarse con la vida que albergan las aceras.
Estos cubículos no iban a ser distintos, por mucha lejía que empleásemos en
quitar las manchas de sangre que el suelo acoge sin rechistar.
Les vengo a hablar de mi propia sorpresa. Esperaba que acabara este
contrato para dedicarme a las ruinas que forman ahora mismo mi vida, que cedían
cada vez que perdía medio día allí, y cuando me llamaron para darme la fatal
patada sentí despecho. ¿Y yo no voy a ver más sus sonrisas ocultas tras
mascarillas, insinuadas en sus ojos?
¿Qué va a ser de mí ahora que me van a faltar las personas con las que
he compartido más ratos que con mi familia? Olvidé la vida que tenía antes de
conocerlas para echar de menos el ratito que nos acompañamos.
Me quejé durante un rato y sentí la frustración acelerarme el pulso. Me
dejaron quedarme un día más porque ya estaba vestido y llegué a mi destino más
bien cabizbajo. Comenté el pronóstico letal que me esperaba y cogí aire para
recordarle a mis pulmones que se deben a mí y no al estrés, que puede esperar.
Una buena compañera me dijo “¡pues hoy no te mates!” y su comentario me supo a
desafío. Agarré una mascarilla, me tapé la mueca rota que tenía por boca y
sonreí todo lo que pude. Me puse un peto lisérgico que tengo localizado para
parar la radiación y lo hice lo mejor que pude.
Después de felicitar debidamente a otra compañera me pude sentar con el
resto, que se desgranaban ojipláticas en insultos al sistema y yo sonreí feliz
de escucharlas sabiendo que sus voces tenían fecha de caducidad en mis
sobremesas y podía disfrutarlas de nuevo. El último sorbo a una copa de vino.
El último beso antes de subir al tren. La última gota antes de que salga el
sol. ¡Al final sí que había flores en los quirófanos! ¡Y qué bien me huelen!
Miguel Ángel. 10/04/25,
Sevilla
