Juanmita mueve sus ciento veinte kilos de peso con la gracia de una
abeja adicta al polen. Es dependiente de una tienda de disfraces desde hace ya
casi treinta años por una de esas carambolas del destino, y es que su padre lo
fue, y su abuelo tenía ahí una tienducha, y, así las cosas, de un castigo le
surgió la profesión.
No sabe si le hubiese gustado ser astronauta, cocinero o baluarte de una
religión perdida, aunque de vez en cuando ha fantaseado con dejar de ser
autónomo o no tener que lidiar de cara al público.
A esto que le entra una clienta y obstruye su paseo el repicar del
colgador que tiene tras la puerta, redirigiéndose al mostrador.
- - Buenas tardes.
- - Muy buenas.
- - ¿En qué puedo ayudarla?
- - Mire usted, vine hace unas semanas para comprarle este disfraz y lo usé el viernes pasado y me picaba muchísimo la cabeza.
- - Lo siento mucho.
- - Quiero mi dinero.
- - Oh, lo siento mucho, no aceptamos devolución una vez usados. Es por higiene.
- - Lo siento mucho yo porque esta peluca es una mierda y usted me va a devolver el dinero.
- - Me encantaría poder ayudarla y entiendo perfectamente que no haya quedado completamente conforme, pero no puedo devolverle el dinero una vez usado.
Hay gente muy energúmena, pensó, mientras volaba la peluca directa hacia
él. Esquivó con la agilidad de una abeja adicta al polen y escuchó con entereza
las hirientes palabras que la mujer escupía a su agresiva salida de la tienda.
Si bien no se pudo llevar el dinero de vuelta, había ejercido su derecho
a la pataleta. A saber de qué venía la pobre para estar tan así, ¿verdad?
Juanmita era muy comprensivo y supo que su problema no era la peluca, ni el
picor. Que el dolor lo llevaba dentro y le apretaba, y contra eso poco se puede
hacer. La frustración es mala compañera del dolor. Se agachó con la diligencia
de una abeja adicta al polen y recogió el amasijo de pelo. Lo sacudió un poco y
lo dejó cerca, a modo de expositor, que era algo que él hacía mucho con las
cosas que sobraban.
A veces, las palabras se acaban y le duran a uno en el alma. Como que
tienen un trazo alargado que las persigue, algo así como la estela que deja un
barco en el agua, que sigue generando olitas a los lados algo después de haber
pasado, o la de los aviones en el aire, que hay quien cree que son chemtrails:
nubes de químicos que se usan para controlarnos. A Juanmita no le controla
nadie, él es libre como una abeja adicta al polen y no hay quien dirija su
timón, pero tiene el corazón que le parece plastilina, y los dedos que lo tocan
dejan sus huellas dactilares y el polvo que traigan sus uñas.
Barriendo aquello un poco le empezó a llover y supo que poquita gente
iba a pasarle ahora por fuera del expositor a quedar prendado de atuendos
coloridos o cajas para hacer magia. La ilusión se perdió hace tiempo, cuando
las tiendas de internet empezaron a hacerle la competencia, y dejó de poder
competir con una máquina elefantiásica sin cara de hogaza ni corazón de
plastilina. No esperaba que volviesen los “buenos tiempos”, si acaso deseaba
tirar de su plan de pensiones e irse con su mujer a ver Egipto, que siempre
quiso él mirar las pirámides de frente y decirles “aquí estoy yo”.
Sus dos hijas, Lucía, con su novio Mario, y Alejandra, que ya iba a
acabar el instituto, le habían dado las alegrías que él nunca esperó y que supo
aceptar, y en ellas se refugiaba cuando pensaba que la vida iba mal. El mundo
puede irse a la mierda si ellas son felices. A mí me puede faltar mi tan
preciado pan si a ellas se le caen las lágrimas de alegría. A mí me pueden
quedar grandes los pantalones si a ellas no les cabe el corazón en el pecho. El
mundo está bien si ellas están bien.
Había construido una familia feliz. No sólo él, todas habían trabajado
mucho para serlo, y eso le colmaba de bienestar. Su padre siempre le dijo que
era un maricón y que no iba a hacer nada recto en la vida. Ahí te pudras, papá.
Estas cosas le fastidiaban porque sentía un profundo lío cuando pensaba
en papá, como esta misma tarde. La misma persona que le hizo tanto daño estaba
anclada en su memoria cogiéndole en hombros, enseñándole a coser o abrazándolo
en un recuerdo de color sepia. Era un misterio para él cómo había llegado, con
el tiempo, a convivir con un recuerdo tan ambivalente y que generaba a la vez
la calidez de un hogar y el frío inhóspito de la jungla por la noche,
eternamente observado por criaturas dispuestas a despedazar tu gran barriga
para ver si dentro hay caramelos.
Mamá siempre le pidió que fuese feliz y por las noches hablaba con su
papá para que no fuera tan duro con él. Sólo así le saldrá el carácter. Así te
lo vas a cargar. Juanmita no sabía cuánto lloraba su padre esperando hacerlo
bien y eso no hubiese cambiado lo que le dolieron los grititos que le entonaba
con la mejor de las intenciones. Que el mundo había sido cruento con Juanma
padre, y esperó que su hijo se hiciese unos zapatos con los cocodrilos que casi
se lo zampan a él.
Son las siete y media de la tarde y fuera no para de llover. Un
relámpago ilumina tres o cuatro espejos que están alineados de casualidad, y él
se siente dentro de Keops. Juanmita nunca ha estado en Egipto, ¿sabes? Pero
sabe que acaba de vivir lo mismo que Nefertari una noche de tormenta. O lo
cree, porque aparentemente Nefertari, la esposa de Ramsés II, nunca estuvo en
Keops (o Jufu), pero no me quiero poner a discutir ahora con Juanmita.
Pone el cartel de cerrado y apaga las luces tras cerrar la puerta. Coge
la peluca y va al probador. Tras desvestirse y esconder su pene entre las
piernas, con la peluca puesta, se siente Cleopatra con la divinidad de una
abeja adicta al polen y sueña que le preparan un baño de leche de cabra,
ignorando que ella usaba leche de burra, pero no me quiero poner a discutir
ahora con Juanmita. Ahora que está tan tranquilo en su intimidad, le voy a
dejar ahí que haga lo que quiera, sin nuestro ojo cotilla.
A lo lejos, las nubes corretean por el cielo rugiendo y lloviendo el
mismo agua que, en su momento, le golpeó a Nefertari y a Cleopatra en los
pómulos. El mismo que les borró las lágrimas, como al replicante de Blade
Runner. Y es que Juanmita quizás hubiese triunfado en Hollywood, pero le
castigaron en una tienda de disfraces, no en un camerino, y unas cosas llevan a
otras. Unos ríos llegan a unos mares. Unas abejas llegan a unas flores.
Algunas, con la fiereza de una abeja adicta al polen.
Miguel Ángel. 5/3/25, Sevilla
