Dejé allí el coche y volví andando a mi casa,
a unos veinte minutos, con un calzado no apto para tener llagas en los pies.
Aproveché para llamar al seguro, que cubría esta historia, y me reclamaron
poner una denuncia para poder iniciar los trámites pertinentes.
Obediente, fui a una comisaría cercana y
entré. Me avisaron de que el tiempo de espera era entre cuatro y seis horas y
me alegré de haberme traído un libro de Bukowski, pero cuando llevaba una o dos
horas leyendo empecé a ruborizarme por la cantidad de veces que había leído
verga, semen y coño rodeado de personas mayores.
Por alguna razón, supongo que por el rubor,
la persona que tenía al lado me tomó como confidente. Se llamaba Elvisa
Margarita, natural del Perú. Había sido profesora y ahora estaba jubilada. Se
había codeado con militares de alto rango y había tenido a su cargo 300
personas por cada uno de los 54 colegios que tenía asignados. Me pareció un
poquito presuntuoso, pero decidí seguir escuchándola con el libro cerrado y el
auricular en silencio.
Todo comenzó diciendo “Sevilla es muy bonita,
pero…” por lo que, cuando vi un hueco por el que colarme le pedí que me hablase
de lo que ella consideraba hogar y menos de trabajo como gestora en “la fiesta
de la democracia”, que es una cosa que pasa cada 4 o 5 años, y que, por lo que
contó, era bastante movidito. Muchas amenazas de llamar a coroneles a gente que
llevaba camisetas partidistas.
Me habló de todo lo que echaba de menos; de
la vida, del espacio, de la comida…Del olluco y de la cantidad de patatas que había,
de distintos tipos (miles, dijo enfatizando el millar). Para qué servía cada
patata. Cómo el pescado fresco se acumulaba en la lonja a la que ella iba y
cómo veía a los animales aletear sobre sus inertes compañeros con los últimos
retazos de vida que les quedaban entre las agallas. Yo tenía hambre, pero verla
hablar con tanta nostalgia me hacía más agua en el corazón que en la boca, por
lo que perdono completamente que no se interesase lo más mínimo ni por mi
nombre en los cuarenta y cinco minutos que pasó hablando de su vida, su lejana
casa o su presente.
Pasó de vivir en una vivienda de 200 metros
cuadrados en un lugar donde todos la conocían a dormir en una habitación
compartida con otra persona donde, cada noche, asumían un cortés 69 en el que
los pies de la otra persona ocupaban parte de su almohada. A Elvisa le da
igual, porque ella es de naturaleza mochilera y quiere ver toda Europa.
Por alguna razón, decidió ir al consulado sin cita. Su amiga le dijo que era mala idea, que esas cosas son muy formales, pero ella dijo que por su coño allí que se presentaba. Llegó y ayudó a un trabajador de la zona a resolver unas circunstancias con la aplicación que manejaban en sus móviles. Supongo que es la eterna consecuencia de poner a gente a dedo en los sitios o la suerte de toparte con alguien en su primer día de trabajo. La cuestión es que impresionó a este personal y consiguió una cita con la cónsul ese mismo día. Tras tomar un café con ella, no sé cómo, decidieron que harían un documental sobre mi interlocutora, que tenía las gafas sucias.
(Continuará)
