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jueves, 1 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (1/4)

  Lo bueno de la ensalada de pasta es que podrá esperar en el mismo estado a que termine de escribir esto antes de consumirla. No habrá penalización, más allá de mi hambre, que aporrea pedigüeña las paredes de mi abdomen y lanza alaridos moribundos de vez en cuando.

  Por suerte, debido a un entrenamiento que se extiende por, aproximadamente, un lustro, he desarrollado la capacidad de ignorar mi hambre a base de evitar comer cuando fumo marihuana. No creo que volverme un asceta sea lo mejor que pueda hacer por el atractivo de mi cuerpo, pero creo que me acerca más al nirvana. Eso y la alopecia.

 

  Todo comenzó de manera insospechada. Mi furgoneta tenía que pasar la ITV de manera semestral religiosamente, y allí acudí, llevando unas pocas a mis espaldas. Fue una de esas inspecciones extrañas en las que el examinador asume (con buen criterio) que quien está al volante sabe lo justo para desplazar el vehículo de un lado a otro. Cogió confianza y me llevó a la parte inferior de la plataforma desde donde ven las ruedas por debajo, que es como la guarida de los gnomos. Allí me señaló unas grietas evidentes en la parte interna de los neumáticos traseros y se dio el lujo de pasar cinco minutos explicándome lo peligroso que era ir así. Yo asentí y decidí no quejarme de que lo podía haber hecho en uno y agradecí que no lo hiciese en diez.

  Poco después vino con un papel donde me dejaba claro que aún no podía pasar la inspección de manera favorable y aproveché para preguntarle qué piloto decía que tenía estropeado y me señaló el indicador del freno de mano. Le demostré que esa lucecita se debía a tener el freno echado y que se quitaba si lo deshacía y quedó conforme. Ahí dudé de todo el criterio que había mostrado en su pequeña madriguera, pero igualmente fui a cambiar las ruedas.

 

  Cambiar las ruedas de una furgoneta es un proceso fabril y, en Sevilla, no te casas sin padrino, así que tiré de un contacto, que aparecerá más adelante en esta historia, para casarme en buenas fechas. Me concertó un matrimonio de conveniencia con un taller cercano y solicité unas buenas ruedas.

-Esta tarde lo tienes.

-Esta tarde trabajo.

-Pásate mañana.

 

  Se olvidaron de cambiarlas esa mañana y al día siguiente ya no tenían los neumáticos que solicité, así que bajamos la calidad (y también el precio).

  Para cuando lograron recordar que había que cambiar las ruedas se olvidaron de que les pedí un pulido de faros, pero consiguieron mover su apretada agenda. Mientras lo hacían, leía a Dante en la acera bajo un cartel que rezaba “pulido de faros 20 euros”. Al ir a pagar me cobraron 50. No discutí demasiado porque tenía hambre y venía recomendado. No creo que vuelva.

 

  Aparqué el coche ese mismo sábado y pasé a plantearme los sinsabores que tiene mi vida en esta época del año, que es un trending topic reciente en mis cábalas. Mi madre me dijo que esa zona es menos peligrosa que donde la suelo aparcar, así que estaba seguro.

 

  El domingo mi abuela quiso pasarse por el centro a besarle las manos a la representación de un cristo con mucha potencia y la acompañé. Se me obligó a ir de etiqueta y usé unos zapatos que compré caros para una boda y que mis pies, acostumbrados a deportivas, no acogen con demasiado entusiasmo. Para cuando fue a entrar al besamanos yo empecé a notar casi dos décadas de conductismo negativo en las que le cogí tirria al mundo cofrade y decidí irme del centro antes de que empezase a llover.

  Como aún hacía sol decidí andar hasta mi casa (unos cuarenta minutos) y eso se transformó en ampollas en la planta, los tobillos y el lateral de mis pies. Mi amiga Cristina dice que es mi particular estación de penitencia.


(Continuará)