Lo bueno de la ensalada de pasta es que podrá
esperar en el mismo estado a que termine de escribir esto antes de consumirla.
No habrá penalización, más allá de mi hambre, que aporrea pedigüeña las paredes
de mi abdomen y lanza alaridos moribundos de vez en cuando.
Por suerte, debido a un entrenamiento que se
extiende por, aproximadamente, un lustro, he desarrollado la capacidad de
ignorar mi hambre a base de evitar comer cuando fumo marihuana. No creo que
volverme un asceta sea lo mejor que pueda hacer por el atractivo de mi cuerpo,
pero creo que me acerca más al nirvana. Eso y la alopecia.
Todo comenzó de manera insospechada. Mi
furgoneta tenía que pasar la ITV de manera semestral religiosamente, y allí
acudí, llevando unas pocas a mis espaldas. Fue una de esas inspecciones
extrañas en las que el examinador asume (con buen criterio) que quien está al
volante sabe lo justo para desplazar el vehículo de un lado a otro. Cogió
confianza y me llevó a la parte inferior de la plataforma desde donde ven las
ruedas por debajo, que es como la guarida de los gnomos. Allí me señaló unas
grietas evidentes en la parte interna de los neumáticos traseros y se dio el
lujo de pasar cinco minutos explicándome lo peligroso que era ir así. Yo asentí
y decidí no quejarme de que lo podía haber hecho en uno y agradecí que no lo
hiciese en diez.
Poco después vino con un papel donde me
dejaba claro que aún no podía pasar la inspección de manera favorable y
aproveché para preguntarle qué piloto decía que tenía estropeado y me señaló el
indicador del freno de mano. Le demostré que esa lucecita se debía a tener el
freno echado y que se quitaba si lo deshacía y quedó conforme. Ahí dudé de todo
el criterio que había mostrado en su pequeña madriguera, pero igualmente fui a
cambiar las ruedas.
Cambiar las ruedas de una furgoneta es un
proceso fabril y, en Sevilla, no te casas sin padrino, así que tiré de un
contacto, que aparecerá más adelante en esta historia, para casarme en buenas
fechas. Me concertó un matrimonio de conveniencia con un taller cercano y
solicité unas buenas ruedas.
-Esta
tarde lo tienes.
-Esta
tarde trabajo.
-Pásate
mañana.
Se olvidaron de cambiarlas esa mañana y al
día siguiente ya no tenían los neumáticos que solicité, así que bajamos la
calidad (y también el precio).
Para cuando lograron recordar que había que
cambiar las ruedas se olvidaron de que les pedí un pulido de faros, pero
consiguieron mover su apretada agenda. Mientras lo hacían, leía a Dante en la
acera bajo un cartel que rezaba “pulido de faros 20 euros”. Al ir a pagar me
cobraron 50. No discutí demasiado porque tenía hambre y venía recomendado. No
creo que vuelva.
Aparqué el coche ese mismo sábado y pasé a plantearme
los sinsabores que tiene mi vida en esta época del año, que es un trending
topic reciente en mis cábalas. Mi madre me dijo que esa zona es menos peligrosa
que donde la suelo aparcar, así que estaba seguro.
El domingo mi abuela quiso pasarse por el
centro a besarle las manos a la representación de un cristo con mucha potencia
y la acompañé. Se me obligó a ir de etiqueta y usé unos zapatos que compré
caros para una boda y que mis pies, acostumbrados a deportivas, no acogen con
demasiado entusiasmo. Para cuando fue a entrar al besamanos yo empecé a notar
casi dos décadas de conductismo negativo en las que le cogí tirria al mundo
cofrade y decidí irme del centro antes de que empezase a llover.
Como aún hacía sol decidí andar hasta mi casa
(unos cuarenta minutos) y eso se transformó en ampollas en la planta, los
tobillos y el lateral de mis pies. Mi amiga Cristina dice que es mi particular
estación de penitencia.
(Continuará)
