Ignoro si esta historia es cierta o no, sólo
sé que ella iba antes que yo y, para cuando cambiaron de turno en la comisaría,
nos hicieron andar a una sala contigua, más pequeña, por estar más cerca del
área de denuncias y para que la policía que nos tomaba los datos tuviese que
andar menos.
Aproveché el cambio de localización para
sentarme en otro lado y tener la opción de leer tranquilo un rato, pero debido
al menor espacio de esta habitación, todos decidieron compartir la razón por la
que estaban allí y me sentí interpelado por un señor mayor junto a mí, con
bastón, que tuvo dos lágrimas a punto de hacerle puenting por los lacrimales al
hablar de lo que le dolía que le habían robado el colgante con una estampa de
su hijo, fallecido a la tierna edad de veintiocho años. No leí mucho más, pero
intenté amenizar la espera hablando con todos. Alguien dijo “Este sitio es
demasiado inseguro, mirad la cantidad de delincuencia”, a lo que yo respondí,
pacificador e intentando fijar el objetivo en lo positivo “piense que aquí nos
hemos reunido todos los que hemos sufrido un robo, como en el hospital los que
están enfermos. La mayoría de la gente está fuera tranquila. Yo hace años que
no pongo una denuncia, lo normal es no hacerlo, pero cuando toca uno se frustra
y lo pasa mal aquí. A mí me ha venido bien, porque vivo acelerado y gracias a
esto estoy leyéndome este libro”. Asintieron conformes y felices de saber que
Sevilla no era el nuevo Bronx a este lado del manzanares. Alguien me preguntó
qué me habían robado, pero yo entendí qué estaba leyendo, así que hubo un
momento incómodo justo cuando un policía nos pidió que bajáramos la voz, que
entendía que la espera se hacía larga y apetecía hablar, pero que tocaba
chitón. Lo dijo más amablemente. Me apetece imaginarlo severo y estúpido, pero
no lo fue.
Al fin, pasó mi antigua compañera peruana y,
poco después, yo.
La persona que me tomó declaración era una
morena de unos treinta y largos años con una cabellera negra de las que sirven
como telón para una función que infunda locura. Sus ojos tenían una mezcla de
juventud y senectud que sólo se explica cuando alguien trabaja en un lugar
donde ve las miserias que ofrece el ser humano.
Sus uñas estaban cuidadosamente pintadas, a
excepción del dedo corazón de su mano derecha. Realmente, llevaban ya algo de
tiempo hechas, porque la pintura no llegaba a la cutícula y era de admirar,
porque el color seguía destelleando a mis ojos, que no podían parar de fijarse
en el hipnótico baile que hacían sus dedos sobre el teclado. Deseaba que me
dejase el teclado un rato. Sólo un rato. Un pico y me voy, le hubiese pedido.
No lo hice. Permanecí disfrutando de la pintura negra con el intermezzo de sus dedos
anulares, que tenían la representación de una fresca enredadera colmada de
flores rojas.
Me hizo alguna broma y nos reímos ambos antes
de firmar unos papeles. Salí a la calle y guardé el libro justo cuando empezaba
a llover, otra vez, sobre mí, justo antes de arrancar la moto.
Y, ahora sí: ¡A por la ensalada de pasta!
Miguel Ángel. 15/04/2025, Sevilla
