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jueves, 22 de mayo de 2025

¡Pues catalízame ésta! (4/4)

  Ignoro si esta historia es cierta o no, sólo sé que ella iba antes que yo y, para cuando cambiaron de turno en la comisaría, nos hicieron andar a una sala contigua, más pequeña, por estar más cerca del área de denuncias y para que la policía que nos tomaba los datos tuviese que andar menos.

  Aproveché el cambio de localización para sentarme en otro lado y tener la opción de leer tranquilo un rato, pero debido al menor espacio de esta habitación, todos decidieron compartir la razón por la que estaban allí y me sentí interpelado por un señor mayor junto a mí, con bastón, que tuvo dos lágrimas a punto de hacerle puenting por los lacrimales al hablar de lo que le dolía que le habían robado el colgante con una estampa de su hijo, fallecido a la tierna edad de veintiocho años. No leí mucho más, pero intenté amenizar la espera hablando con todos. Alguien dijo “Este sitio es demasiado inseguro, mirad la cantidad de delincuencia”, a lo que yo respondí, pacificador e intentando fijar el objetivo en lo positivo “piense que aquí nos hemos reunido todos los que hemos sufrido un robo, como en el hospital los que están enfermos. La mayoría de la gente está fuera tranquila. Yo hace años que no pongo una denuncia, lo normal es no hacerlo, pero cuando toca uno se frustra y lo pasa mal aquí. A mí me ha venido bien, porque vivo acelerado y gracias a esto estoy leyéndome este libro”. Asintieron conformes y felices de saber que Sevilla no era el nuevo Bronx a este lado del manzanares. Alguien me preguntó qué me habían robado, pero yo entendí qué estaba leyendo, así que hubo un momento incómodo justo cuando un policía nos pidió que bajáramos la voz, que entendía que la espera se hacía larga y apetecía hablar, pero que tocaba chitón. Lo dijo más amablemente. Me apetece imaginarlo severo y estúpido, pero no lo fue.

 

  Al fin, pasó mi antigua compañera peruana y, poco después, yo.

  La persona que me tomó declaración era una morena de unos treinta y largos años con una cabellera negra de las que sirven como telón para una función que infunda locura. Sus ojos tenían una mezcla de juventud y senectud que sólo se explica cuando alguien trabaja en un lugar donde ve las miserias que ofrece el ser humano.

  Sus uñas estaban cuidadosamente pintadas, a excepción del dedo corazón de su mano derecha. Realmente, llevaban ya algo de tiempo hechas, porque la pintura no llegaba a la cutícula y era de admirar, porque el color seguía destelleando a mis ojos, que no podían parar de fijarse en el hipnótico baile que hacían sus dedos sobre el teclado. Deseaba que me dejase el teclado un rato. Sólo un rato. Un pico y me voy, le hubiese pedido. No lo hice. Permanecí disfrutando de la pintura negra con el intermezzo de sus dedos anulares, que tenían la representación de una fresca enredadera colmada de flores rojas.

 

  Me hizo alguna broma y nos reímos ambos antes de firmar unos papeles. Salí a la calle y guardé el libro justo cuando empezaba a llover, otra vez, sobre mí, justo antes de arrancar la moto.

 

  Y, ahora sí: ¡A por la ensalada de pasta!

 

Miguel Ángel. 15/04/2025, Sevilla