Jugueteé con la idea de dejarme hacer masajes
de pies y acabé el lunes en un restaurante ambientado en el mundo del toreo
tomando un vino. Frente a un cazamosquitos de luz purpúrea que estaba junto a
un extintor demasiado alto para ser usado en un momento de necesidad estaba yo.
Un rato antes, miré el cielo y supe que no
iba a llover. Unos cinco minutos después, sobre la moto, entendí por qué no
podría ser yo meteorólogo y llegué hecho una lubina a destino.
Con la ropa interior mojada como una
colegiala ante la idea de pillar al chico popular mirándola a su espalda o ser
interceptada tras el horario lectivo por un profesor sexy, contemplé la figura
de un camarero ambivalente entre el servicio y la desidia, pero mi observación
quedó inconclusa cuando dos indias empezaron a discutir en un inglés jocoso a
grito pelado detrás de mi acompañante. El bar entero quedó en silencio e
imaginé que era lo más parecido que iba a estar de una tarde de corrida, por lo
que celebré llevarme dos orejas y quedar dubitativo sobre si todo había sido
una estrategia para hacer un simpa.
Desperté a la mañana siguiente teniendo en
mente que quería aspirar la furgoneta, porque ya le tocaba, pero mis planes
fueron truncados por la llamada de una gestora hipotecaria. A mitad de una
llamada kilométrica se dio cuenta de que el sistema que usaba no funcionaba y
tuvimos que repetir una parte del proceso otra vez, acumulando algo así como 40
minutos de charla. Le dejé puesto un 10 en dos áreas que se me preguntaron unas
horas después, en comisaría.
Por alguna razón decidí que tener que
trabajar esa noche y el ritmo acelerado de vida que llevaba no me podían parar
a la hora de hacer cosas que me supusieran placer y cogí mis cascos, una bolsa
que tengo llena de monedas de dos euros y fui a la furgoneta a limpiarla al
sol, antes de que empezara a llover.
En cuanto me monté sentí que había sido
violado. Miré la parte de atrás y no había nadie, pero sentía la presencia de
algo y, sinceramente, estaba algo tenso. Al arrancar sonó todo como si aquello
fuese un pozo y no un coche y retumbaba. Miré el capó por todos lados y es
cierto que algunas cosas no parecían como las recordaba, pero tampoco sabía
decir qué faltaba o qué sobraba, así que me debatí entre no hacer ni puñetero
caso o ir a mi taller de confianza, aquel que me había recomendado al otro para
cambiar las ruedas y que no me ha cobrado nada de las consultas realizadas en
los últimos 6 meses.
Normalmente, llamo antes de ir y siempre me
dicen que es jornada de puertas abiertas, aunque estén trasteando cinco coches
a la vez. Me gusta su estilo y esta vez decidí pasar de formalidades y asumir
que son como de la familia. Pasé por delante de la puerta del establecimiento y
aparqué algo más adelante. Al llegar a la puerta de apertura vertical, un joven
que no reconocí me sonrió y dijo:
-Vienes
por el catalizador, ¿no?
-No
lo sé. ¿Es eso por lo que suena así?
-Sí,
te lo han robado.
(Continuará)
