Tras un tremendo culo se escondía, sin
demasiado éxito, una chica dulce, divertida y cariñosa. Ella misma usó las
expresiones “perra empoderada”, “gata” e “hiena” para describirse. Evitaré
usarlas para no caer en temas de copyright.
En cuanto cerró la puerta y se despidió a
través de la ventanilla comenzó a llover, como cada madrugada que pasaba por
aquella plaza, y para cuando llegué a la autopista accioné por primera vez la
máxima velocidad del parabrisas. Habiendo pasado otoño e invierno sin hacerlo,
se me antojó extraño hacerlo ahora que venía de disfrutar la primavera en su
cuerpo, floreciendo por los rincones y dejando fruta jugosa por allá donde
pasaban mis labios.
Se quejó del color de sus ojos abrumada por
mis azules iris y dediqué un rato a hablar del marrón de los suyos, pero viví
con más éxtasis el blanco de su esclerótica cuando sus pupilas se enredaron en
el falso cielo buscando la respuesta a qué había hecho ella para estar allí
masticando su alma en cada improperio que resonaba en la caja que nos cobijaba.
También me preguntó a mí qué estaba pasando, pero no tuve respuesta entonces y
tampoco la tengo ahora.
Debido a una lesión, paramos de mordernos las
clavículas y acariciarnos hasta hacernos agua. Fue en ese entonces cuando,
borracha de sueño, quedó varada en algún lugar y me recordó a la sirena que se
acerca demasiado a la orilla y luego no puede volver. Sólo la imagen de su
culo, ya adjetivado correctamente en el pasado, me sacó de la versión de mí que
no puede parar de hacer bromas.
Su fino olor desaparecerá de mi piel con el
tiempo y su culo seguirá grabado en mis retinas. Me sugirió hacerle una foto
para el recuerdo. Preferí escribirlo.
Miguel Ángel. 04/05/2025, Sevilla
