Enciendo el mechero tapando con la mano el
flujo de viento que viene del ventilador. La punta de la chusta de hace dos
días que estoy dispuesto a terminar se empapa de un líquido rojo y más allá de
la punta de mi nariz comienza un festival incandescente. Suelto el mechero y
apunto con el ventilador hacia el fondo de la habitación mientras dirijo mis
exhalaciones a la ventana.
A lo lejos creo distinguir un vecino que se
relame viéndome. Todo tiene su público, pienso, mientras tiro la colilla que me
acaba de quemar la garganta al llegar al cartón y me giro de nuevo a encarar el
portátil con la insana pretensión de querer comprender de una vez el método de
la esquina noroeste y su optimización.
En el mundo hay mucha soledad, se me ocurre,
con pena. También hay mucha compañía, pero la doy por sentada y mi cabeza
dibuja de gris a los solos en este mundo de color. Están en sus despachos, en
sus casas, en sus habitaciones o en sus nadas, sufriendo de un mal tan estúpido
como es ser incapaces de sentir la inmensa compañía que ofrecen las ciudades
modernas, donde medio millón de personas se juntan a vivir para no conocerse
unos a otros.
Pienso en las personas que yo conozco en esta
y otras junglas. Recuerdo sus abrazos y me calientan un poco la tarde. Me
siento agradecido y nostálgico.
Hace ya mucho tiempo le di a mi móvil la
posibilidad de entrar en un régimen de semidesbloqueo si pulsaba dos veces
sobre la pantalla que creo que me produce un efecto estupefaciente y relajante.
En las últimas semanas me he descubierto haciéndolo con la carcasa de la
calculadora, confundiendo ambos artilugios por ser casi del mismo tamaño. Me
devuelve un toque frío y el choque de las carcasas emite un sonido parecido al
del teclado morse, como que me comunico con algo más allá con un par de sonidos
secos.
Acto seguido vuelvo al móvil y toco su suave
superficie con gracia, desplegándose la hora y señales de humo pendientes.
Sonrío, bloqueo, ¿por dónde íbamos?
Miguel Ángel. 30/05/2025, Sevilla
