Llevo un rato andando al sol y sé que
sobreviviré. Sabiendo eso, me apetece una bebida fría que me haga sentir algo
de alivio en mi boca seca. Entro en una tienda y compro un té de maracuyá. Al
despedirme le deseo una buena tarde al dependiente y él me devuelve el deseo, a
lo que le respondo un “se intentará” sin mirarle demasiado, que arroja una risa
semicontenida por parte de mi interlocutor.
Es una frase que uso mucho. En realidad, odio
el ingenio enlatado. Me parece que acaba lentamente con la creatividad y genera
unas expectativas innecesariamente altas sobre el talento que tiene una persona
para hacer algo de manera genuina y fresca. Le temo tanto que intento no usar
el amasijo de relatos que he ido escribiendo hasta hacer este blog (quizá sólo
de las que más orgulloso estoy y que más polvo estén cogiendo). Esto me hace
tener una neurótica obsesión con tener relatos preparados por si viene el tan
acojonante bloqueo del escritor. Y esa es la razón de que tenga tantos líos
precarios.
Menudo imbécil, pienso mientras digiero las
palabras que un hombre con casaca de manga corta me dirige. Ha usado, en último
lugar, “lesiones de similar etiología” con un pavo que no conoce y que acaba de
entrar en su consulta. Lleva un rato soltando tecnicismos como si fuese un
mecánico intentando colármela.
Va con media hora de retraso y no ha pensado
en disculparse. Se ha tomado la licencia de mirarme mal en la puerta cuando le
he preguntado si ha llamado a [inserte mi nombre completo] argumentando que sí
lo había hecho claramente, a lo que intenté rebajar la tensión aduciendo a una
acústica pobre en la salita que le han improvisado.
(Continuará)
