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jueves, 17 de julio de 2025

Mierda

  Cuando me quise dar cuenta, se dio un sold out de taburetes. Las residentes y mi compañera habían colonizado sus cómodos reposos. El día anterior estuve de pie, sin moverme, más de lo que me gustaría. Unas cinco horas. Cinco horas más de lo que me gusta.

  Empezaron a cargárseme los gemelos y fui cambiando el peso de pierna a pierna. Dudé si grabar parte de la intervención para una amiga con fijación por lo gore, pero la falta de confianza con el personal sumado a un retardo en mi capacidad de reacción causado por un periodo de sueño inferior a lo que necesito para funcionar me frenaron.

 

  Llevo unas semanas desayunando avena. Hoy no había desayunado, pero eso no impidió que me diesen unas tremendas ganas de cagar por no haberlo hecho cuando el reloj que tengo incrustado en el recto se activó, cosa que tampoco hice. Esto, mezclado, me hacía encontrarme ligeramente más irascible de lo normal por lo que, cuando vi a una residente levantarse e irse, seguramente a cagar o tomarse un café, dejando su silla libre, pero sabiendo que volvería y querría recuperar su trono, generándome una situación incómoda innecesaria, me atacó una reflexión.

  Pensé en salir un segundo a hacer aguas mayores; “creo que tardaré menos de cinco minutos…” y entonces se me ocurría que seguro que en esos trescientos segundos me requerirían de manera intensa y urgente y todos me mirarían mal cuando volviese o el paciente no saldría vivo de la mesa de operaciones. Sé que no soy tan crucial en este proceso, pero tengo un sentido del deber que no para de ponerle obstáculos a mis decisiones. ¡Qué suerte la de la residente de no sentirse necesaria!

 

  De repente, pasa: Se inicia un sangrado profuso. Lo veo en la pantalla y noto cómo el clima distendido pasa a ser uno tenso. Comienzan a pedirme material y que toquetee las máquinas. La inyección de trabajo acalla mis piernas e intestinos. “Pídele a Y un porta de láparo”. Voy corriendo a donde debería estar. No hay nadie.

  Mi compañera tiene mucha más experiencia que yo y, a través de la ventana que da a la habitación donde lanzo juramentos e improperios va señalando posibles cajas en las que encontrarlo, sin posibilidad de que toque nada porque ella está estéril.

Muevo pesadas cajas metálicas y mis brazos y espalda se quejan de que yo esté haciendo este trabajo en lugar de cagando. Mi responsabilidad está, sadomasoquistamente, contenta.

  Para cuando encontramos el material aparece Y con un café en la mano. “¿Qué buscáis?” “Esto.” “Pedídmelo a mí, yo siempre estoy” dijo mientras se sentaba. “Váyase usted a la mierda”, pensé.

 

Miguel Ángel. 02/07/2025, Sevilla