Cuando me quise dar cuenta, se dio un sold
out de taburetes. Las residentes y mi compañera habían colonizado sus cómodos
reposos. El día anterior estuve de pie, sin moverme, más de lo que me gustaría.
Unas cinco horas. Cinco horas más de lo que me gusta.
Empezaron a cargárseme los gemelos y fui
cambiando el peso de pierna a pierna. Dudé si grabar parte de la intervención
para una amiga con fijación por lo gore, pero la falta de confianza con el
personal sumado a un retardo en mi capacidad de reacción causado por un periodo
de sueño inferior a lo que necesito para funcionar me frenaron.
Llevo unas semanas desayunando avena. Hoy no
había desayunado, pero eso no impidió que me diesen unas tremendas ganas de
cagar por no haberlo hecho cuando el reloj que tengo incrustado en el recto se
activó, cosa que tampoco hice. Esto, mezclado, me hacía encontrarme ligeramente
más irascible de lo normal por lo que, cuando vi a una residente levantarse e
irse, seguramente a cagar o tomarse un café, dejando su silla libre, pero
sabiendo que volvería y querría recuperar su trono, generándome una situación incómoda
innecesaria, me atacó una reflexión.
Pensé en salir un segundo a hacer aguas
mayores; “creo que tardaré menos de cinco minutos…” y entonces se me ocurría
que seguro que en esos trescientos segundos me requerirían de manera intensa y
urgente y todos me mirarían mal cuando volviese o el paciente no saldría vivo
de la mesa de operaciones. Sé que no soy tan crucial en este proceso, pero
tengo un sentido del deber que no para de ponerle obstáculos a mis decisiones.
¡Qué suerte la de la residente de no sentirse necesaria!
De repente, pasa: Se inicia un sangrado
profuso. Lo veo en la pantalla y noto cómo el clima distendido pasa a ser uno
tenso. Comienzan a pedirme material y que toquetee las máquinas. La inyección
de trabajo acalla mis piernas e intestinos. “Pídele a Y un porta de láparo”.
Voy corriendo a donde debería estar. No hay nadie.
Mi compañera tiene mucha más experiencia que
yo y, a través de la ventana que da a la habitación donde lanzo juramentos e
improperios va señalando posibles cajas en las que encontrarlo, sin posibilidad
de que toque nada porque ella está estéril.
Muevo
pesadas cajas metálicas y mis brazos y espalda se quejan de que yo esté
haciendo este trabajo en lugar de cagando. Mi responsabilidad está,
sadomasoquistamente, contenta.
Para cuando encontramos el material aparece Y
con un café en la mano. “¿Qué buscáis?” “Esto.” “Pedídmelo a mí, yo siempre
estoy” dijo mientras se sentaba. “Váyase usted a la mierda”, pensé.
Miguel Ángel. 02/07/2025, Sevilla
