La suerte o la desgracia me mueven a destinos
inciertos y esperpénticos. No fue de una manera menos casual que acabase una
persona como yo dentro del equipo de urgencias que cuida de la gente que va a
la feria de abril.
En una jungla así pude ver una cantidad
infinita de borrachos y cortes, ya fuera a través de la luna de una ambulancia
o junto a una camilla en una tienda de campaña venida a más.
Hay borracheras de las de apagar fusibles y
cerrar los ojos esperando un nuevo día. Las hay de llorar hasta deshidratarse,
con el maquillaje por río Ganges en la cara. Las hay de querer destruir el
mundo en la cara de cada persona y gritarle al aire lo que no aguantan las
costillas. Las hay de pedirse perdón a uno mismo por volverse a fallar. Las hay
de soltar la risa y no dejarla encerrada nunca más. Las hay de sentir que el
suelo es tu tarima y todos estamos aquí por tu show. En fin, como decía,
infinitas.
Con los cortes pasa algo parecido.
Una ambulancia ilumina el suelo de azul calma
tensa. Se abre la puerta de atrás y una camilla termina tomando tierra al
minuto. Houston, safe landing. Un bello chico con el pelo rizado y suave de
unos quince años en posición fetal con una palidez proverbial susurra lo
sientos al aire mientras un técnico nos cuenta y nos señala las prótesis del
chiquillo.
No les voy a engañar, clínicamente esta
historia tiene poco misterio y me voy a saltar los detalles, a modo de omitir
intro. Me senté un rato junto a él cuando la cosa se calmó y le pregunté la
edad. Resultó que tenía veinte años, no quince. Serio me preguntó si quería que
sacase el DNI y le respondí que no, riendo, que no le iba a vender alcohol. No
le hizo mucha gracia, pero tampoco creo que estuviese completamente conmigo.
Apareció un colega para recogerlo con dos
muletas, que pertenecían a mi nuevo amigo. El paciente se echó a llorar.
-Siempre
te hago lo mismo, soy un amigo de mierda.
-Anda
ya, tranquilízate. — respondió tranquilo llevando ambos soportes en un brazo y
la otra mano metida en el bolsillo del pantalón. Tenía un pelo largo envidiable
recogido con un moño que había visto pasar la noche sobre él, pero aún
conservaba dignidad y encanto y una flamante chapita con la bandera de
Palestina en la solapa.
-Sí,
te lo he hecho muchas veces.
-Y
en todas voy a estar, eres mi amigo.
El joven del pelo rizado se vio capacitado
para levantarse y una estudiante que teníamos fue rauda a ayudarlo, pero no sé
si por una paternalista pulsión enfermiza, por un sadismo que no sé reconocer o
simplemente por respeto, sin que nuestra protagonista pareja fuese consciente,
la paré con una mano en mi espalda a modo de “déjalo a él que te pida ayuda si
la necesita”. Así mismo, mientras ella frenaba, pronuncié “si ve que no puede,
pare un segundo y si necesita ayuda, aquí estamos”. Sin responder, se colocó
tembloroso en sus metálicas compañeras y miré por encima de su cabeza a su
amigo “Él anda así, ¿no?” “Sí”.
Empezó a dar pasos lentos y difícilmente
clasificables como firmes, pero desde luego dentro de los que él estaba
acostumbrado a dar y, tras él, su amigo, ya con ambas manos en los bolsillos.
Por delante, iba repitiendo “lo siento”. Por detrás iba repitiendo “¿quieres
parar ya?”
No pude evitar emocionarme un poco al
reconocer amistad. No sé si eterna, pero intensa y con un sabor tan potente que
quema las papilas gustativas.
Miguel Ángel. 09/05/2025, Sevilla
