Entradas populares

jueves, 10 de julio de 2025

Amistad y borrachera

  La suerte o la desgracia me mueven a destinos inciertos y esperpénticos. No fue de una manera menos casual que acabase una persona como yo dentro del equipo de urgencias que cuida de la gente que va a la feria de abril.

  En una jungla así pude ver una cantidad infinita de borrachos y cortes, ya fuera a través de la luna de una ambulancia o junto a una camilla en una tienda de campaña venida a más.

 

  Hay borracheras de las de apagar fusibles y cerrar los ojos esperando un nuevo día. Las hay de llorar hasta deshidratarse, con el maquillaje por río Ganges en la cara. Las hay de querer destruir el mundo en la cara de cada persona y gritarle al aire lo que no aguantan las costillas. Las hay de pedirse perdón a uno mismo por volverse a fallar. Las hay de soltar la risa y no dejarla encerrada nunca más. Las hay de sentir que el suelo es tu tarima y todos estamos aquí por tu show. En fin, como decía, infinitas.

  Con los cortes pasa algo parecido.

 

 

  Una ambulancia ilumina el suelo de azul calma tensa. Se abre la puerta de atrás y una camilla termina tomando tierra al minuto. Houston, safe landing. Un bello chico con el pelo rizado y suave de unos quince años en posición fetal con una palidez proverbial susurra lo sientos al aire mientras un técnico nos cuenta y nos señala las prótesis del chiquillo.

  No les voy a engañar, clínicamente esta historia tiene poco misterio y me voy a saltar los detalles, a modo de omitir intro. Me senté un rato junto a él cuando la cosa se calmó y le pregunté la edad. Resultó que tenía veinte años, no quince. Serio me preguntó si quería que sacase el DNI y le respondí que no, riendo, que no le iba a vender alcohol. No le hizo mucha gracia, pero tampoco creo que estuviese completamente conmigo.

  Apareció un colega para recogerlo con dos muletas, que pertenecían a mi nuevo amigo. El paciente se echó a llorar.

-Siempre te hago lo mismo, soy un amigo de mierda.

-Anda ya, tranquilízate. — respondió tranquilo llevando ambos soportes en un brazo y la otra mano metida en el bolsillo del pantalón. Tenía un pelo largo envidiable recogido con un moño que había visto pasar la noche sobre él, pero aún conservaba dignidad y encanto y una flamante chapita con la bandera de Palestina en la solapa.

-Sí, te lo he hecho muchas veces.

-Y en todas voy a estar, eres mi amigo.

 

  El joven del pelo rizado se vio capacitado para levantarse y una estudiante que teníamos fue rauda a ayudarlo, pero no sé si por una paternalista pulsión enfermiza, por un sadismo que no sé reconocer o simplemente por respeto, sin que nuestra protagonista pareja fuese consciente, la paré con una mano en mi espalda a modo de “déjalo a él que te pida ayuda si la necesita”. Así mismo, mientras ella frenaba, pronuncié “si ve que no puede, pare un segundo y si necesita ayuda, aquí estamos”. Sin responder, se colocó tembloroso en sus metálicas compañeras y miré por encima de su cabeza a su amigo “Él anda así, ¿no?” “Sí”.

  Empezó a dar pasos lentos y difícilmente clasificables como firmes, pero desde luego dentro de los que él estaba acostumbrado a dar y, tras él, su amigo, ya con ambas manos en los bolsillos. Por delante, iba repitiendo “lo siento”. Por detrás iba repitiendo “¿quieres parar ya?”

 

  No pude evitar emocionarme un poco al reconocer amistad. No sé si eterna, pero intensa y con un sabor tan potente que quema las papilas gustativas.

 

Miguel Ángel. 09/05/2025, Sevilla