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jueves, 14 de agosto de 2025

Fine wise dogs

  Un sikh me pregunta la hora y le respondo que no tengo, a lo que continuamos nuestro camino. Tres pasos después miro el móvil y veo que son las nueve. Le grito la hora y confuso no sabe si asustarse o agradecerlo.

  Estoy recién despierto, con los ojos aún secos, y paseo por las calles por las que viví durante cinco años sintiéndome un empadronado más. Entre las motos aparcadas, busco la mía sin suerte. La mitad de los establecimientos están cambiados y donde antes había una pescadería ahora hay una tienda de móviles.

 

  Yendo a la furgoneta a por la leche de avena que olvidé, como tantas otras cosas a lo largo de mi vida, me encuentro a la gente paseando sus perros con las mismas caras que solía ver. Eso no ha cambiado. Eso está bien.

  Un perro extraviado busca en el culo de alguien las trufas que no encuentra en el suelo. Ha elegido un buen culo, no se le puede negar.

 

  En la panadería casi no hay luz y cuando pido barras de pan integral me hace preguntas que no entiendo sobre el producto que quiero. No entiendo nada. Elijo al azar. Por cuarenta céntimos no puedo pagar en efectivo y le pido perdón. Ella me exime de responsabilidad con la voz y me condena con la mirada.

  Cuando salgo, no escucho pájaros cantar, pero los tiene que haber. No oírlos tiene que ser fruto del eco robado por los ladrillos. Bloques que me corren por la sangre y ahora me obstaculizan la naturaleza.

 

  En lo alto de la montaña vi mi antigua casa, que ahora tenía una tela que impedía ver la terraza. Quien sea que asuma la responsabilidad de esa isla ha decidido no ser tan exhibicionista como lo fui yo y lo entiendo. No es fácil vivir con la piel del revés, por eso creo que no sobreviví a esta época sin llevarme buenas cicatrices.

  Mientras tanto, otro perro, otro perro sabio, busca otra trufa. En el mismo culo.

 

Miguel Ángel. 28/07/25, Barcelona