Un sikh me pregunta la hora y le respondo que
no tengo, a lo que continuamos nuestro camino. Tres pasos después miro el móvil
y veo que son las nueve. Le grito la hora y confuso no sabe si asustarse o
agradecerlo.
Estoy recién despierto, con los ojos aún
secos, y paseo por las calles por las que viví durante cinco años sintiéndome
un empadronado más. Entre las motos aparcadas, busco la mía sin suerte. La
mitad de los establecimientos están cambiados y donde antes había una
pescadería ahora hay una tienda de móviles.
Yendo a la furgoneta a por la leche de avena
que olvidé, como tantas otras cosas a lo largo de mi vida, me encuentro a la
gente paseando sus perros con las mismas caras que solía ver. Eso no ha
cambiado. Eso está bien.
Un perro extraviado busca en el culo de
alguien las trufas que no encuentra en el suelo. Ha elegido un buen culo, no se
le puede negar.
En la panadería casi no hay luz y cuando pido
barras de pan integral me hace preguntas que no entiendo sobre el producto que
quiero. No entiendo nada. Elijo al azar. Por cuarenta céntimos no puedo pagar
en efectivo y le pido perdón. Ella me exime de responsabilidad con la voz y me
condena con la mirada.
Cuando salgo, no escucho pájaros cantar, pero
los tiene que haber. No oírlos tiene que ser fruto del eco robado por los
ladrillos. Bloques que me corren por la sangre y ahora me obstaculizan la
naturaleza.
En lo alto de la montaña vi mi antigua casa,
que ahora tenía una tela que impedía ver la terraza. Quien sea que asuma la
responsabilidad de esa isla ha decidido no ser tan exhibicionista como lo fui
yo y lo entiendo. No es fácil vivir con la piel del revés, por eso creo que no
sobreviví a esta época sin llevarme buenas cicatrices.
Mientras tanto, otro perro, otro perro sabio,
busca otra trufa. En el mismo culo.
Miguel Ángel. 28/07/25, Barcelona
