La rueda chirría por el polvo acumulado de, supongo, años. Uno podría esperar de un hospital un lugar limpio y aséptico, pero sólo afinando un poco el ojo se pueden encontrar pelusas en cada esquina y manchas de sangre por cualquier sitio. Acudimos a él cuando más vulnerables somos y allí nos esperan miles de amenazas, como una maraña de polvo en una rueda.
Hola, me llamo Miguel Ángel, esta noche seré
su enfermero junto con Alfredo, que ahora se pasará (o no).
Y, de esas, una mirada, buscándome desde un
sillón. El oxígeno le llega a raudales por un tubo y no es suficiente. Por mi
experiencia, su cara presenta una peligrosa contradicción. Debería tener todos
los músculos tensos y su cuerpo debería estar peleando, pero proyecta una paz
casi divina. Sus ojos. Sus ojos son grisáceos, no porque le hubiese tocado ese
color, sino porque la había alcanzado. Del porte que su cuerpo pudo haber
mostrado anteriormente quedan un saco de huesos y un apósito en su barriga que
se mancha de una mezcla entre bilis y heces de la parte proximal de su
intestino. Un verde vivo que contrasta con la imagen de flor marchita expuesta
en la vitrina de Bestia.
Me acerco a ella y me presento de nuevo. Le
agarro la mano para tomarle la tensión y veo su pulsera. Cuarenta y pocos años.
Su mano me devuelve cierto agarre, todo el que puede, y dibuja una sonrisa.
Sólo vi una sonrisa igual tres años antes, rodeada de maletas, sobre un vestido
de ejecutiva precioso, pero esa es otra historia.
(Continuará)
