Como prometí al hablaros del destino o, al
menos del mío, hoy vengo a contaros una vieja historia.
A modo de aviso, no espero que parezca
humana, ni graciosa, ni divertida, ni entretenida. Esta es una historia sobre
una cosa que me llevaré a la tumba y, para asegurarme, dejo escrita.
Cada vez que este pasaje se asoma a mis
labios suele acabar en carcajada colectiva mientras algo dentro de mi cabeza
rebota y rebota impidiéndome disfrutar. Es ese momento. Son esas miradas. Es
esa confusión que me azota justo después de empezar a pensarlo, como el trueno
que viene tras el rayo.
¿Fui yo? ¿Fue el tiempo? ¿De verdad fue así?
Mierda, vuelvo a llegar tarde al trabajo. Hoy
me tocan las urgencias oncológicas. Qué bueno que tenga compañía en este turno.
Llego a aquella encimera donde un montón de
glóbulos blancos nos arremolinamos alrededor de papeles y tinta y hay un pase
extraño en el que todo se escucha a pocos metros, donde unos cuantos neófitos
de la asistencia sanitaria escuchan relatos de sangre, de heces, de dolores, de
sarpullidos y de la de mierda que puede caber en una vida cuando se juntan los
cables que chisporrotean, silenciosos, por dentro. Alfredo está ahí, terminando
de coger el cambio y con un ademán me dice que no me preocupe. Hay confianza.
Yo confío en él. Puede ser vaguete de vez en cuando, pero sabe lo que hace y su
humor es siempre bienvenido.
Tened cuidado con el hermano de ésta. Es un
médico potente del hospital y esta tarde ha estado gritando a la compañera
porque hemos tardado diez minutos más de lo que le tocaba en ponerle el
tratamiento. Te mira desde arriba. Es un capullo. Dicen a coro dos chicas con
la cara cansada.
Cogemos los papeles y los organizamos un
poco. Alfredo se va a encargar de preparar la medicación y me manda a hacer una
ronda mientras escucho que tenemos dos pacientes en LET, que para alguien que
trabaje en la oficina puede sonar a inglés, pero significa “Limitación del
Esfuerzo Terapéutico”.
(Continuará)
