Apagué, finalmente, el motor y salí a estirar
las piernas con el coche ya aparcado.
El atardecer se insinuaba ronroneante en el
horizonte y mi visión empezaba a empeorar, pero reconocí mi destino a la
izquierda, en una casa que se situaba justo en la esquina que da al mar de un
triángulo urbano.
Me coloqué mi sombrero y comencé a andar en
aquella dirección.
Me preguntaron mucho por qué había conducido
dos horas hasta Portugal. En aquel momento no recuerdo bien qué contesté. Creo
que fue algo como que la sentía como mi hermana pequeña y me encantaba verla.
Así que cuando salí de aquella fiesta al
mediodía siguiente, me monté en mi furgoneta y supuse que tenía bastante
material para escribir dibujé una sonrisa bien grande. Empezó a llover lo justo
para mojarme y fue glorioso olvidar durante unos minutos que tenía el aire
cerrado y recordarlo cuando el motor estuvo caliente. Canté un par de canciones
y tuve el parabrisas dando vueltas todo el tiempo, como un hipnotista.
Entonces llegué a casa y la vida me pidió
atención, así que lo fui posponiendo.
Unos días más tarde, no sé por qué, pensé de
nuevo por qué había ido. Y pensé en cuando vivíamos juntos.
Porque con ella me di cuenta de algo que me
había pasado antes pero no sabía nombrar. Y yo tengo una filia rara con las
palabras. Una especie de síndrome Pokémon por el que las tengo que capturar
todas.
Que existen amistades y enemistades. Que hay
personas con las que deseas estar y personas con la que su mero pensamiento te
genera náusea. Que, además, hay personas con las que las vibraciones son mucho
más fuertes y los decibelios parecen olas y hay personas que traen un jardín de
arena al aire. Que hay seres con los que estás de vacaciones en un parque de
atracciones, con otros con los que estás en el colegio y otras con las que
estás en casa.
Y entonces me di cuenta de dos cosas:
La primera es que cogí la furgoneta de la
lluvia al sol y del sol a la lluvia, me disfracé de cowboy, bailé hasta las 3
de la mañana con completos extraños y llevé a un simpático y alegre
mozambiqueño a su casa ante la falta de taxis y simplemente poder decir esto en
un párrafo me parece divertido, que es uno de los motores de mi vida: el
esperpento.
La segunda es que tenía miedo de perder los
amores del día a día; a la gente que ves constantemente, que los he tenido
cerca, porque creía que eran la esencia de una vida plena. Y, ojo, sigo
creyendo que son importantes. Y así recordé que tengo muchos amores diseminados
por el mundo que puedo ver una vez después de diez años y seguir generándome
ternura, cariño y ganas de cuidar y ser cuidado.
Y, ¡coño! ¡Eso es para estar alegre!
Miguel Ángel. 13/04/25, Sevilla
