Como prometí, dejo aquel zumo en su poder y
me voy a seguir haciendo cosas, que no todo en este trabajo es jauja.
Una hora después son las once y media de la
noche, aproximadamente. La noche es cerrada y la única luz que permite ver a
los ojos de novato es la artificial, pero nosotros somos fijos de noche, hechos
ya a las virtudes y los defectos de las madrugadas.
Al pasar por delante de su habitación ella sigue
allí, en su sillón. Yo aún no he podido parar a leer las historias de mis
pacientes porque habíamos tenido un par de pacientes nuevos a los que asistir.
Me señala el apósito de su vientre. Le hago saber que volveré.
Cojo mis cosas y me arrodillo frente a ella
armado de gasas, apósitos y desinfectantes. Alguno se podría plantear que en un
hospital habría productos de curas especiales, pero lo cierto es que jamás, en
todos los servicios de urgencias en los que trabajé, encontré demasiado. La
mayoría de las limpiezas de heridas que realizamos suelen ser toscas y
simplonas. Trabajar, años después, en un centro de salud me enseñó cuánto
quedaba por hacerse donde nosotros acabábamos.
Hablamos un poco mientras despego la pegatina
y le limpio aquella herida. Entre enterarme de su trabajo o del nombre de la
neoplasia que le rezuma por las tripas percibo que también había algo de pus
mezclada en aquella ecuación. Mala pinta. Voy a tener que venir a cambiar este
apósito más de lo que me apetecería. Me voy a joder las piernas en esta
postura, ya lo voy notando.
Una hora después voy a cambiarla por tercera
vez. La hubiese cambiado cien veces si hubiese hecho falta, pero en aquella
ocasión sólo necesitó tres. “Sólo”.
-
Eres
mi enfermero favorito.
-
Me
alegra haberte engañado tan bien. Me da pena que sólo te vaya a durar hasta que
aparezcan los buenos de verdad por la mañana.
-
¿De
verdad no te gusta este trabajo?
Sin despegar mi vista de la cura le respondo que estaba empezando a
cogerle cariño ahora que había descubierto que una de mis funciones era
arrodillarme frente a gente. ¡Es sólo cuestión de tiempo que alguien se confunda,
grite “Sí quiero” y de con el braguetazo que me saque de trabajar de noche!
Mientras cubro su herida con una compresa para absorber el contenido que
no para de salir puedo escuchar su risa sobre mí y su barriga tiembla
tímidamente. Cojo mi apósito, le quito el papel protector de la pegatina y, con
sumo cuidado lo pego alrededor de la gasa. Lo estiro de manera que no quede
ningún pliegue con mis dos manos acariciando su barriga, casi sin grasa.
Finalmente, satisfecho, doy un par de toquecitos al apósito y digo “y hasta
dentro de veintisiete segundos debería durarte”, mirando arriba, donde está su
cara. Pero la tierna mirada que antes me buscaba y que ocultaba su sonrisa
ahora eran ojos en paz y una cabeza suspendida, sólo prevenida de abalanzarse
sobre el suelo por un cuello y un cuerpo que la sostienen a duras penas. Su
boca, semiabierta, es la pista definitiva.
Miro hacia atrás rápidamente para encontrar, en la cara de su pareja, la
información que necesito. ¿He estado tonteando tanto tiempo con el apósito?
¿Cuánto tiempo lleva muerta?
Él abre ampliamente los ojos y, con la voz
cargada de miedo, me dice “¿Ya está?”
(Continuará)
