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jueves, 18 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (4/6)

  Como prometí, dejo aquel zumo en su poder y me voy a seguir haciendo cosas, que no todo en este trabajo es jauja.

  Una hora después son las once y media de la noche, aproximadamente. La noche es cerrada y la única luz que permite ver a los ojos de novato es la artificial, pero nosotros somos fijos de noche, hechos ya a las virtudes y los defectos de las madrugadas.

  Al pasar por delante de su habitación ella sigue allí, en su sillón. Yo aún no he podido parar a leer las historias de mis pacientes porque habíamos tenido un par de pacientes nuevos a los que asistir. Me señala el apósito de su vientre. Le hago saber que volveré.

  Cojo mis cosas y me arrodillo frente a ella armado de gasas, apósitos y desinfectantes. Alguno se podría plantear que en un hospital habría productos de curas especiales, pero lo cierto es que jamás, en todos los servicios de urgencias en los que trabajé, encontré demasiado. La mayoría de las limpiezas de heridas que realizamos suelen ser toscas y simplonas. Trabajar, años después, en un centro de salud me enseñó cuánto quedaba por hacerse donde nosotros acabábamos.

  Hablamos un poco mientras despego la pegatina y le limpio aquella herida. Entre enterarme de su trabajo o del nombre de la neoplasia que le rezuma por las tripas percibo que también había algo de pus mezclada en aquella ecuación. Mala pinta. Voy a tener que venir a cambiar este apósito más de lo que me apetecería. Me voy a joder las piernas en esta postura, ya lo voy notando.

 

  Una hora después voy a cambiarla por tercera vez. La hubiese cambiado cien veces si hubiese hecho falta, pero en aquella ocasión sólo necesitó tres. “Sólo”.

-            Eres mi enfermero favorito.

-            Me alegra haberte engañado tan bien. Me da pena que sólo te vaya a durar hasta que aparezcan los buenos de verdad por la mañana.

-            ¿De verdad no te gusta este trabajo?

 

  Sin despegar mi vista de la cura le respondo que estaba empezando a cogerle cariño ahora que había descubierto que una de mis funciones era arrodillarme frente a gente. ¡Es sólo cuestión de tiempo que alguien se confunda, grite “Sí quiero” y de con el braguetazo que me saque de trabajar de noche!

  Mientras cubro su herida con una compresa para absorber el contenido que no para de salir puedo escuchar su risa sobre mí y su barriga tiembla tímidamente. Cojo mi apósito, le quito el papel protector de la pegatina y, con sumo cuidado lo pego alrededor de la gasa. Lo estiro de manera que no quede ningún pliegue con mis dos manos acariciando su barriga, casi sin grasa. Finalmente, satisfecho, doy un par de toquecitos al apósito y digo “y hasta dentro de veintisiete segundos debería durarte”, mirando arriba, donde está su cara. Pero la tierna mirada que antes me buscaba y que ocultaba su sonrisa ahora eran ojos en paz y una cabeza suspendida, sólo prevenida de abalanzarse sobre el suelo por un cuello y un cuerpo que la sostienen a duras penas. Su boca, semiabierta, es la pista definitiva.

  Miro hacia atrás rápidamente para encontrar, en la cara de su pareja, la información que necesito. ¿He estado tonteando tanto tiempo con el apósito? ¿Cuánto tiempo lleva muerta?

  Él abre ampliamente los ojos y, con la voz cargada de miedo, me dice “¿Ya está?”


(Continuará)