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jueves, 4 de septiembre de 2025

Promesa cumplida (3/6)

-               ¿Te gusta tu trabajo?

-               No mucho – sonreí.

-               ¿Y por qué lo haces? – preguntó genuinamente confusa.

-               Pues dime tú en qué otra profesión voy a tener tantas citas de noche y voy a poder hacerlas todas en pijama – se llevó la mano a la boca para reír.

-               Eres muy simpático.

-               Joder, ¿has oído? – dije mirando a su pareja, que estaba sentado junto a la puerta con la cabeza entre las manos – imagina si me hubieses pagado el paquete premium como te dije – volví a mirarla a ella – vas a tener que quedarte con el paquete básico toda la noche, pero quizás le podemos convencer de que afloje un poco más porque yo de normal soy muy mustio – volvió a llevarse la mano a la boca – ¿Los dientes los reservas para las visitas institucionales? Esa gente no tiene lo que hay que tener para venir a trabajar de noche así que puedes gastar un poquito de esmalte hoy conmigo – y por fin pude ver su sonrisa.

 

  Si yo hubiese sabido todo lo que me iba a perseguir esa pila de dientes hubiese cerrado los ojos tan fuerte que mis pestañas se habrían fusionado.

 

 

-               Tengo que irme, cariño, pero volveré. ¿Te duele algo?

-               No, estoy bien.

-               Perfecto, entonces nos veremos luego.

-               ¡Espera! …Quiero un zumo. ¿Puedes traerme un zumo? ¿Tenéis zumo?

-               Y si no lo hay te estrujo yo las naranjas, no te preocupes. Tendrás que esperar un poco, ¿vale? – y asintió, y sus ojos brillaron un poquito.

 

  Mientras acabo la ronda de medicación que viene después, su pareja me aborda en el pasillo. Necesita hablar. Él también tiene cuarenta y pocos. Había conseguido dormir un poco los últimos días, pero no demasiado. Pequeños logros. Se le escapa alguna lágrima.

 

  Vuelvo al control a por el zumo prometido y allí está Alfredo, organizando algo.

-            Tío, ten cuidado, que resulta que la pava esta – se refería a ella - es la hermana de un adjunto potente de aquí y se ha estado quejando de las del turno de tarde y amenazando con poner reclamaciones.

-            Tranquilo, esas bestias no vienen de noche.

-            Pero estate al quite.

-            Que sí, que sí – y mi segunda afirmación quedó casi muda por el frigorífico cerrándose.


(Continuará)