Entro en el centro de salud a primera hora. A
la izquierda hay dos máquinas con pantalla táctil. No las he usado nunca. Son
intuitivas. Introduzco un número que me representa desde los catorce años y me
escupe un papelito. Me doy la vuelta y lo veo.
Hay veinticinco asientos dispuestos en filas
de 5. Sólo veo las nucas de la gente. Mucho pelo blanco. Todos jubilados. Todos
se quejan. Espero no levantarme tan temprano cuando deje de cotizar.
Hay dos pantallas que indican a quién le
toca. Sale el numerito que tienen los papeles escupidos impreso. Saco mi libro
y comienzo a leer a Bukowski. Ya es la segunda vez que me pilla rodeado de
gente mayor, pero esta vez he tenido la decencia de hacerlo en inglés. La
señora a mi lado me mira con interés. Cree que soy extranjero. No entiende el
idioma. Asume que soy de Europa del Este. Diez minutos después, en cuanto
pueda, se cambiará de asiento.
Los funcionarios comienzan a despertar de su
letargo y las pantallas no paran de lanzar alarmas mientras una lista
interminable de letras y números aparecen en los televisores. Los viejos no
saben qué hacer. No están preparados para el ritmo del resto de los mortales.
Se quejan más. “NO DA TIEMPO.” Algo de aire saliendo de mi boca me resuena a “a
un jubilado. Esto es ritmo para contribuyentes.” Pero resulta ser sólo un
suspiro porque tengo un gato limándose las uñas con mi colon.
Cada pocos segundos vuelve a sonar la alarma
y aparecen nuevas combinaciones. Nuevas personas citadas al matadero. Levanto
la cabeza con cada sonido. Una de las veces me quedo mirando la primera fila
desde la última, en la que estoy. Un dios graciosete está jugando ahora mismo a
hundir la flota con esta gente. A1, resfriado. A2, artrosis. A3, cáncer. Tocado
y hundido.
Llego al mostrador. Deme la tarjeta. Aquí
tiene. “Es antigua.” Lo sé. Pedí la nueva hace más de medio año, pero no tengo
ganas de pelear. “Sí, lo siento.” “¿Por qué viene?” “Quiero cita de urgencias.”
Teclea algo. Pasan unos segundos. Largos para una persona que necesita un
cuarto de baño cerca en todo momento. “Le verá su médica.” El cansancio, el
dolor, el hambre…no sé la combinación correcta, me hacen reír y decir “pero
dígame la hora y la consulta.” No me responde, me extiende un papel. He sido un
gilipollas. La cita es para las doce y media. No sabe para qué quiero la cita.
Dada mi edad y apariencia, bien podría ser un consumidor habitual de cocaína
con dolor de pecho. A nadie le importa. Que se muera un pagador de impuestos
antes de que le salgan canas.
(Continuará)
