Comienzo
a pensar en qué podría hacer si diese positivo; no vivo demasiado lejos, podría
coger un taxi o incluso ir andando. En menos de una hora seguro que estoy ya en
casa. Recuerdo que, por pereza, no he cambiado la pegatina de la ITV que llevo
detrás y está desactualizada. El letrero evoluciona y reza ahora “Y DROGAS”. Es
en ese momento cuando sé que estoy verdaderamente jodido y aparecen los
nervios.
Un guardia civil me indica que aloje la moto
en el arcén y así lo hago. Me informa: lo hace para que me quite el casco. Se
lo agradezco. Me ofrece un pitorro a insertar en una máquina. Lo introduzco.
“¿Ha bebido usted?” “Una copa” “¿Ha tomado drogas?” “No” “¿Seguro?” con
rintintín. Me encojo de hombros; ya le he mentido una vez y no me apetece
seguir con esta farsa, prefiero que él asuma qué es verdad. Sinceramente, el
alcohol me ha arrebatado cualquier rastro de lucidez que me pudiese quedar tras
madrugar en la playa casi sin dormir y estar allí, después de jugar al ajedrez
varias horas, a las tres de la mañana, después de hablar de literatura, de
política, de relaciones, de la vida…es demasiado, señor agente. Soplo
ininterrumpidamente, pero la máquina chiva que no lo he hecho bien. Recuerdo al
de Pim Pam Toma Lacasitos. Me dice que lo vuelva a intentar. Soplo
ininterrumpidamente. Esta vez sí. Nadie celebra lo imposible de mi hazaña.
“¿Cuántos años tiene de carné?” “No sé (es que van a pillar) diez o doce” Le
doy la identificación y la mira a la luz de la moto. Me escanea de arriba abajo
tras leer el resultado del alcoholímetro. “Lleva usted calzado inadecuado,
podría perder dedos.” Nadie se da cuenta de lo estúpido que es decir eso si no
llevas protección adecuada en el resto del cuerpo. Perder dedos de los pies se
me antoja una preocupación estúpida si raspas todo tu cuerpo a sesenta por hora
a lo largo de cien o doscientos metros contra asfalto a cuarenta grados. Un
zapato cerrado sólo hará que se me quede más plástico pegado a lo que me sobre
de dermis. “Ya, lo sé, trabajo en
quirófano y he visto lo que pasa” intento usar la carta del chico estudiado
para que no piense que mis prendas hippies y mi riñonera de cuero llevan
inevitablemente a consumo habitual de marihuana, que da resultados positivos
hasta una semana después de haber consumido por última vez (o más). Yo llevo
menos de veinticuatro horas. “Ha dado usted 0’11” mi cara no sabe cómo
responder a este hecho. “¿Y eso qué significa?” “Puede usted circular, por
favor, no beba si va a conducir” “Muchas gracias. Yo no suelo beber” “Claro.”
¿Qué sentido tiene intentar convencerlo de la verdad?
Cojo mi moto y me despido. Por hoy, me he
salvado de una multa de mil euros. El mismo día que decido beber. Me voy a
fumar uno a su salud.
