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jueves, 18 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (3/3)

Comienzo a pensar en qué podría hacer si diese positivo; no vivo demasiado lejos, podría coger un taxi o incluso ir andando. En menos de una hora seguro que estoy ya en casa. Recuerdo que, por pereza, no he cambiado la pegatina de la ITV que llevo detrás y está desactualizada. El letrero evoluciona y reza ahora “Y DROGAS”. Es en ese momento cuando sé que estoy verdaderamente jodido y aparecen los nervios.

  Un guardia civil me indica que aloje la moto en el arcén y así lo hago. Me informa: lo hace para que me quite el casco. Se lo agradezco. Me ofrece un pitorro a insertar en una máquina. Lo introduzco. “¿Ha bebido usted?” “Una copa” “¿Ha tomado drogas?” “No” “¿Seguro?” con rintintín. Me encojo de hombros; ya le he mentido una vez y no me apetece seguir con esta farsa, prefiero que él asuma qué es verdad. Sinceramente, el alcohol me ha arrebatado cualquier rastro de lucidez que me pudiese quedar tras madrugar en la playa casi sin dormir y estar allí, después de jugar al ajedrez varias horas, a las tres de la mañana, después de hablar de literatura, de política, de relaciones, de la vida…es demasiado, señor agente. Soplo ininterrumpidamente, pero la máquina chiva que no lo he hecho bien. Recuerdo al de Pim Pam Toma Lacasitos. Me dice que lo vuelva a intentar. Soplo ininterrumpidamente. Esta vez sí. Nadie celebra lo imposible de mi hazaña. “¿Cuántos años tiene de carné?” “No sé (es que van a pillar) diez o doce” Le doy la identificación y la mira a la luz de la moto. Me escanea de arriba abajo tras leer el resultado del alcoholímetro. “Lleva usted calzado inadecuado, podría perder dedos.” Nadie se da cuenta de lo estúpido que es decir eso si no llevas protección adecuada en el resto del cuerpo. Perder dedos de los pies se me antoja una preocupación estúpida si raspas todo tu cuerpo a sesenta por hora a lo largo de cien o doscientos metros contra asfalto a cuarenta grados. Un zapato cerrado sólo hará que se me quede más plástico pegado a lo que me sobre de dermis.  “Ya, lo sé, trabajo en quirófano y he visto lo que pasa” intento usar la carta del chico estudiado para que no piense que mis prendas hippies y mi riñonera de cuero llevan inevitablemente a consumo habitual de marihuana, que da resultados positivos hasta una semana después de haber consumido por última vez (o más). Yo llevo menos de veinticuatro horas. “Ha dado usted 0’11” mi cara no sabe cómo responder a este hecho. “¿Y eso qué significa?” “Puede usted circular, por favor, no beba si va a conducir” “Muchas gracias. Yo no suelo beber” “Claro.” ¿Qué sentido tiene intentar convencerlo de la verdad?

 

  Cojo mi moto y me despido. Por hoy, me he salvado de una multa de mil euros. El mismo día que decido beber. Me voy a fumar uno a su salud.

 

Miguel Ángel. 14/07/2025, Sevilla