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jueves, 4 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (1/3)

—¿Calatón?

—Sí— respondí señalando la parte exterior de un librillo— es como estos papeles, pero en lugar de papeles, tiene cartón, como esto, mire.

—¿Pala qué quieles calatón? — y se ríe.

—No importa. Es un euro, ¿verdad?

—Un eulo, sí.

 

  Suena una canción que impacta en alguna parte de mi cuerpo a través de los oídos y repaso con mis dedos el tacto exterior del librillo. Lo suave y terso de su exterior me hace recordar una conversación que tuve hace poco sobre una corriente filosófica nacida en Corea del Sur y las personas tienen las caras idas. Son caras alegres, tristes, ocupadas u ociosas, pero todas idas. Unos chicos toman refrescos sentados en un poyete. A su edad yo compartía una litro en bancos que han cedido su espacio a las obras de un metro que promete estar aquí en un periodo no inferior a años por venir. Temo, en algún momento, olvidar la orografía previa y asumir que los socavones siempre estuvieron ahí, donde mi adolescencia transcurrió, borrada, como tantos otros posibles rastros de por dónde pasé o los sitios que pasaron por mí. Algún día se terminará el chiste y mi mismo cuerpo se convertirá en cenizas en las que un gusano guasón, goloso y gelatinoso se refriegue sin pudor.

  Cierro los ojos mientras el sol me relame los párpados por fuera pintándome el interior de la piel que recubre mis ojos de tonos cobre y los abro estando en la playa. Mi amiga se bebe una cerveza caliente y decido ayudarla porque tiene la insana pretensión de bebérselas todas. No suelo tomar alcohol, así que esto se puede considerar un sacrificio.

  Empieza a ser tarde y tengo un compromiso, así que recogemos, terminando de beberlas, y nos montamos en la furgoneta. Una lista de música nos acompaña y mi amiga termina el porro que empezamos ayer y se duerme, así que le digo adiós a la cola de reproducción e inicio una introspección a fuerza de house. Ella luce pacífica y relajada, con restos de pizza en su fantástico vestido. Desarrollo una leve envidia porque me siento cansado, pero esta noche tengo un compromiso.

 

  El reloj no me respeta y acabo llegando justo a una nave en un barrio de la periferia de Sevilla. Como es sábado por la noche sólo estamos ahí unos cuantos desadaptados y algunos coleguitas dispuestos a competir al ajedrez sin que haya premios monetarios que lo justifiquen. Ni las personas que han venido conmigo ni yo pensamos ganar, sólo jugar y vernos las caras, así que cuando no perdemos todas las partidas sentimos cierta euforia. Comentamos las jugadas y los razonamientos y nos reímos.

  Son la 1 de la mañana ya y tenemos muchas cosas de las que hablar que no incluyen tableros, así que decidimos seguir la reunión en un pub cercano.


(Continuará)