—¿Calatón?
—Sí—
respondí señalando la parte exterior de un librillo— es como estos papeles,
pero en lugar de papeles, tiene cartón, como esto, mire.
—¿Pala
qué quieles calatón? — y se ríe.
—No
importa. Es un euro, ¿verdad?
—Un
eulo, sí.
Suena una canción que impacta en alguna parte
de mi cuerpo a través de los oídos y repaso con mis dedos el tacto exterior del
librillo. Lo suave y terso de su exterior me hace recordar una conversación que
tuve hace poco sobre una corriente filosófica nacida en Corea del Sur y las
personas tienen las caras idas. Son caras alegres, tristes, ocupadas u ociosas,
pero todas idas. Unos chicos toman refrescos sentados en un poyete. A su edad
yo compartía una litro en bancos que han cedido su espacio a las obras de un
metro que promete estar aquí en un periodo no inferior a años por venir. Temo,
en algún momento, olvidar la orografía previa y asumir que los socavones
siempre estuvieron ahí, donde mi adolescencia transcurrió, borrada, como tantos
otros posibles rastros de por dónde pasé o los sitios que pasaron por mí. Algún
día se terminará el chiste y mi mismo cuerpo se convertirá en cenizas en las
que un gusano guasón, goloso y gelatinoso se refriegue sin pudor.
Cierro los ojos mientras el sol me relame los
párpados por fuera pintándome el interior de la piel que recubre mis ojos de
tonos cobre y los abro estando en la playa. Mi amiga se bebe una cerveza
caliente y decido ayudarla porque tiene la insana pretensión de bebérselas
todas. No suelo tomar alcohol, así que esto se puede considerar un sacrificio.
Empieza a ser tarde y tengo un compromiso,
así que recogemos, terminando de beberlas, y nos montamos en la furgoneta. Una
lista de música nos acompaña y mi amiga termina el porro que empezamos ayer y
se duerme, así que le digo adiós a la cola de reproducción e inicio una
introspección a fuerza de house. Ella luce pacífica y relajada, con restos de
pizza en su fantástico vestido. Desarrollo una leve envidia porque me siento
cansado, pero esta noche tengo un compromiso.
El reloj no me respeta y acabo llegando justo
a una nave en un barrio de la periferia de Sevilla. Como es sábado por la noche
sólo estamos ahí unos cuantos desadaptados y algunos coleguitas dispuestos a
competir al ajedrez sin que haya premios monetarios que lo justifiquen. Ni las
personas que han venido conmigo ni yo pensamos ganar, sólo jugar y vernos las
caras, así que cuando no perdemos todas las partidas sentimos cierta euforia.
Comentamos las jugadas y los razonamientos y nos reímos.
Son la 1 de la mañana ya y tenemos muchas
cosas de las que hablar que no incluyen tableros, así que decidimos seguir la
reunión en un pub cercano.
(Continuará)
