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jueves, 11 de diciembre de 2025

De cómo acabé en prisión (2/3)

  Llegados allí uno de los invitados pregunta al camarero si tienen tónica de una marca, llamémosla, Suepés. Responde el joven que sí. Pedimos dos gintonics con limón, un ron cola con naranja y yo pido un Joaquín Daniel de miel cortito con cola, que un día es un día y no siempre voy a ir bebiendo tés fríos. Vuelve algo después con una bandeja que no podía manejar con soltura. Sobre ella, reposan dos tónicas, que llamaremos Brissa. El invitado que preguntó señala y menciona que quería Suepés. El camarero responde que es lo que hay, mientras procede a echar la ginebra en una gran copa. El líquido va cayendo y, tácitamente, decidimos no increpar a un joven que puede estar estrenando su cotización. Comienza a echar la ginebra en la segunda copa, que tiene una rodaja de naranja. Se le menciona y dice “bueno, da igual”. Cambiamos nosotros las rodajas mientras me informa que no tienen de miel. Cambio la comanda a un Joaquín Daniel con cola, cortito. Al poco, vuelve, con su bandeja, la botella, la copa y la cola. Comienza a echar el alcohol dentro de ella mientras me enzarzo en un debate sobre literatura y cuando me quiero dar cuenta la copa está a rebosar de elixir. Me río y le digo “quería cortito, tengo ahí la moto” “Bueno, da igual” “Es cierto”. Decido no tirar nada y proceder a pagarle para luego beberme toda la copa igualmente.

 

  Al rato, los hielos tocan el fondo del cristal, el ambiente es más melancólico y las casas de cada uno están lejos, así que nos abrazamos y despedimos. Ha sido un verdadero placer. Cojo mi moto habiendo dado los últimos tres tragos hace, aproximadamente, treinta segundos. Me noto ligeramente tocado; los dedos de los pies sienten algo menos la gravedad, mi cara tiene un ligero acolchamiento, mi aliento es dulzón y mi mirada atraviesa cristales sin que estén ahí, como si alguien hubiese puesto una lente extraña en mi cornea que no molesta, pero adultera el mundo. El viento es distinto y todo me parece bien. Es en ese momento cuando me planteo si quiero ir por el camino rápido o el lento. Arranco la moto sin haberlo decidido y la música se va reproduciendo mientras reflexiono sobre qué debería hacer de cara a ahorrarme posibles controles, que es algo que todos los ciudadanos de bien hacen cuando beben y yo, que soy un borracho amateur en esta secuencia de mi vida, tengo que ejercitar.

  Decido ir por el camino rápido porque llevo varios años sin tener que verme obligado a someterme a un test de drogas o alcoholemia, por lo que cuando giro un córner, sin más salida ya, y en la chapa del coche de delante se refleja una luz azul me avergüenza desear que sea una ambulancia y el karma me entrega un control policial. Sobre el coche, un letrero reza “CONTROL ALCOHOLEMIA”.


(Continuará)