Llegados allí uno de los invitados pregunta
al camarero si tienen tónica de una marca, llamémosla, Suepés. Responde el
joven que sí. Pedimos dos gintonics con limón, un ron cola con naranja y yo pido
un Joaquín Daniel de miel cortito con cola, que un día es un día y no siempre
voy a ir bebiendo tés fríos. Vuelve algo después con una bandeja que no podía
manejar con soltura. Sobre ella, reposan dos tónicas, que llamaremos Brissa. El
invitado que preguntó señala y menciona que quería Suepés. El camarero responde
que es lo que hay, mientras procede a echar la ginebra en una gran copa. El
líquido va cayendo y, tácitamente, decidimos no increpar a un joven que puede
estar estrenando su cotización. Comienza a echar la ginebra en la segunda copa,
que tiene una rodaja de naranja. Se le menciona y dice “bueno, da igual”.
Cambiamos nosotros las rodajas mientras me informa que no tienen de miel.
Cambio la comanda a un Joaquín Daniel con cola, cortito. Al poco, vuelve, con
su bandeja, la botella, la copa y la cola. Comienza a echar el alcohol dentro
de ella mientras me enzarzo en un debate sobre literatura y cuando me quiero
dar cuenta la copa está a rebosar de elixir. Me río y le digo “quería cortito,
tengo ahí la moto” “Bueno, da igual” “Es cierto”. Decido no tirar nada y
proceder a pagarle para luego beberme toda la copa igualmente.
Al rato, los hielos tocan el fondo del
cristal, el ambiente es más melancólico y las casas de cada uno están lejos,
así que nos abrazamos y despedimos. Ha sido un verdadero placer. Cojo mi moto
habiendo dado los últimos tres tragos hace, aproximadamente, treinta segundos.
Me noto ligeramente tocado; los dedos de los pies sienten algo menos la
gravedad, mi cara tiene un ligero acolchamiento, mi aliento es dulzón y mi
mirada atraviesa cristales sin que estén ahí, como si alguien hubiese puesto
una lente extraña en mi cornea que no molesta, pero adultera el mundo. El
viento es distinto y todo me parece bien. Es en ese momento cuando me planteo
si quiero ir por el camino rápido o el lento. Arranco la moto sin haberlo
decidido y la música se va reproduciendo mientras reflexiono sobre qué debería
hacer de cara a ahorrarme posibles controles, que es algo que todos los
ciudadanos de bien hacen cuando beben y yo, que soy un borracho amateur en esta
secuencia de mi vida, tengo que ejercitar.
Decido ir por el camino rápido porque llevo
varios años sin tener que verme obligado a someterme a un test de drogas o
alcoholemia, por lo que cuando giro un córner, sin más salida ya, y en la chapa
del coche de delante se refleja una luz azul me avergüenza desear que sea una
ambulancia y el karma me entrega un control policial. Sobre el coche, un
letrero reza “CONTROL ALCOHOLEMIA”.
(Continuará)
