Llevo
unas dos noches sin dormir más de media hora seguida. La luna parece tener las
llaves de mis ojos y pretende mantener la reja abierta.
Estoy
a unos veinte minutos de mi casa, donde pretendo armarme de paracetamoles e
ibuprofenos hasta que pase la marea. He estado sufriendo sudoración profusa,
hiperestesia, el mencionado insomnio, cefaleas y escalofríos.
La
probabilidad más alta es que esto sea una infección sin más, pero la falta de
fiebre o síntomas respiratorios o digestivos me alejan de esa hipótesis. Llevo
sin consumir casi una semana y creo que mi cuerpo me está pidiendo otra dosis.
Por suerte, este tipo de cosas me motivan a investigar y no pienso dársela.
Comienza
a sonar “How can I make it OK”, de Wolf Alice y doy el primer paso. En la
recepción del edificio del que salgo un operario remueve las pozas y el aire
está inundado de olor a mierda. Saludo a un par de personas y sigo andando. Voy
tambaleándome un poco, como aprovechando la gravedad de cada uno de mis lados a
cada paso. El sol es un enemigo del que me gustaría no tener que hablar, pero
siento una curiosa mezcla de frío y calor que sé que no es normal porque, pese
a que desearía estar completamente desnudo, veo a gente muy arropada. Al final
cogeré un resfriado. Un segundo después, siento que estoy en medio del ártico.
Y así, en un ciclo que no acaba.
Comienza
a sonar “Die Young”, de Sylvan Esso y paso por delante de un colegio donde unos
niños juegan al escondite.
Cada
vez que consigo dormir, despierto una media hora después empapado en sudor y
tengo que quitarme toda la ropa. No es posible que tenga tanta agua en el
cuerpo así que cada vez que recupero la consciencia aprovecho para beber agua y
temblar. María me está cuidando muy bien y me consiente todo, es un cielo.
Parece
que han pillado a uno de los niños, pero no estoy demasiado seguro y, aunque me
resulta algo curioso, no tengo fuerzas para girar la cabeza y comprobarlo.
(Continuará)
