Llevo unos días
soñando. Es reseñable porque llevaba meses sin hacerlo.
Hay ciertos dioses
que exigen un pago por rendirles pleitesía y recibir sus bendiciones. Yo rezo
de manera asidua a uno con rastas que bloquea mi capacidad para soñar, y todos
los años dejo de ir a su iglesia durante un mes. Todos los años vivo un periodo
en el que reconecto con mi subconsciente mientras duermo. Y cuando pasa, las
noches me saben a poco.
Pero, ¿a quién
quiero engañar? Yo sueño más despierto que dormido. Esto es sólo la novedad. Y,
por ello, cuando me recupero del golpe y recuerdo dónde viven mis ilusiones y
fantasías, la noche me parece un desagradable trámite que mi cuerpo necesita
para descansar. Y somos jóvenes, y gaudeamus igitur, y a mí me sobran horas de
madrugada tumbado y creo que las puedo recuperar más adelante. Por ello, decido
escribir a Uli.
Conocí a Uli en una
fiesta y traía un medicamento muy potente. Le pedí el número de su médico de
cabecera y me pasó el número de Gelatta. Pasaron un par de meses hasta que le
escribí dándole el santo y seña prometido; “Soy amigo de María”. Ella usaba la
ortografía como la cadena de una bici desengrasada y oxidada, pero tenía swing.
Quedamos en conocernos en su portal y yo, que soy un amante experimentado en
encontronazos, reconocí en un “vale, guapetón” la posibilidad de un amorío con
una narco. Un capítulo fundamental en mi vida literaria. Me puse bañador para
estar preparado para lanzarme a la piscina que me esperaba.
(Continuará)
