En el trabajo, una
compañera me dio una bolsita con una planta que había cuidado su hijo para que
la probase. Vino hasta donde me estaba cambiando y nos dimos la mano y un
abrazo. Me vestí de calle y salí justo antes de escribirle a Gelatta. Con gafas
de sol y una iluminación perfecta comencé mi paseo cargado de asuntos en mi
mochila. Me dijo que esperase un ratito, pero que estaba disponible para mí,
así que me dirigí a comerme una sopita en un sitio que conozco. Buena sopa.
Buen pollo.
En el reloj ya se
intuía la hora de nuestro primer beso, así que pagué y me levanté, andando con
paso decidido. Ella con sus rastas, yo con mi sonrisa. Ella con sus ojos a
medio abrir, yo con mi dinero preparado. No sabía cómo sería su voz, ni su
cara, pero podía intuirlo. No sabía cómo sería este relato, pero podía
saborearlo en la distancia.
Entre tantos sueños
despiertos que me demostrasen que mis noches de dormidera estaban
sobrevalorados, llegué a aquella puerta y piqué el porterillo. “¿Hola?” “Soy
Miguel.” “Pasa, espérame en el portal.”
