Lo busqué sin
hallarlo, temiendo que ya sólo quedase en un sitio tan frágil.
Rebusqué en las
alcobas, en la cocina, en el cuarto de baño y en el salón.
Ojeé en los libros,
en las páginas, en el portátil y en las ventanas.
Después escuché la
cisterna, el altavoz, la hervidora de agua y el rallador.
Más tarde chupé los
platos, los tenedores, la pasta de dientes y el cacao.
Verdaderamente
preocupado, toqué la cama, la ducha, el acondicionador y la ropa.
Entonces ya sólo
quedó el miedo.
Como un sabueso
recorrí con mi nariz cada esquina de la casa y pude darme cuenta, mientras me
recorría un pánico más que justificado, de que tenía razón. Ya no estaba. Se
había esfumado.
Su olor se había ido
de casi todo. De la sudadera, del pijama, de la cama, de mi bigote… y ya sólo
queda en el último sitio.
En mis recuerdos aún
tiene su hueco. Y nerviosito anda todo mi cerebro de lagarto de que le de una
nueva dosis. Y me revuelque con mi pituitaria por toda la casa. Y cada vez que
inhale se me pongan los ojos en blanco.
Miguel Ángel. 22/01/26,
Sevilla
