Por fin, la pasarela
completó aforo y me sentó al lado a un señor que olía a meses de calle, pero
andaba con porte y se comportaba como si todo el mundo le debiese algo. Amenazó
a varios con prender sus casas en fuego “porque eso es lo que hacemos los
legionarios.” Después especificó qué le hará a dos que intentaron ocupar su
casa, porque al tercero ya lo mandó al hospital. Yo seguí comiendo mi tostada
mientras este pobre juguete roto de los cuerpos y fuerzas de seguridad del
estado le imploraba a alguna diosa que le devolviese la autoridad que, algún
día, tuvo. Bien en el mundo real o en su imaginación. No le pedí la placa, así
que no sé.
Para cuando terminé
mi descafeinado, todos estaban bebiendo anís menos yo. La mesa de los cortados
se había marchado. Habían intentado pagar, pero el camarero insistió. Me
inspiró ternura. La pasión de un trabajo bien hecho es algo que me impresiona
casi siempre. Me levanté de la silla con bastantes ganas de perder de vista el
hedor que emanaba del soldado herido, y el peso de la mochila y la chaqueta
fueron a tumbarla. En mitad del aire la cogí con una mano mientras en la otra
llevaba la vajilla que había usado y nos miramos el veterano y yo.
