Pensaba que ya lo tenía
solucionado desde el mismo momento en que pronuncié las palabras “ya está
hecho”, en sentido figurativo, pero me está costando bastante más.
Pensé que perdonar alberga en sí
el perdón. Cuando lo decimos, cuando lo pensamos. Cuando lo digo, cuando lo
pienso. Cuando lo dije, cuando lo pensé.
Cuando me quise dar cuenta, había
olvidado. Me preguntaban y yo sólo veía borrones y sonreía porque todo estaba
fuera. Purgado del sistema, la miasma no puede contaminar. Y pobre iluso
pensando que el veneno iba a salir del cuerpo sólo porque se aceptase tanto la
sustancia como al proveedor. Ahí estaba y ahí está. Tóxico, sucio,
contaminante, patente.
Creo que me queda mucho trabajo y
creo que me vendrá bien realizarlo. Creo que lo estoy haciendo. Espero,
sinceramente, estar recorriendo el camino del perdón. El camino donde las cosas
y su dolor son, pero son perdonados, y las sonrisas son, pero son recordadas.
No existe perdón con olvido
porque no se puede perdonar lo que no se recuerda. Tampoco se puede sobreponer
uno a quien es por olvidarlo.
Yo te quiero, ¿sabes? No quise,
ni siquiera quisiere, en desiderativo. Yo te quiero, en eterno presente. No me
gusta decirlo al aire porque llega a las orejas incorrectas y sé que no estás
ahí, ni siquiera tras los ojos que leen esto. Esto parece más para mí y lo
mismo me estoy diciendo que me quiero yo, pero tiene más que ver con lo que te
quiero a ti. Acepto tus partes que son mías y las abrazo. Intento, desde mi
propia vida, solucionar los errores que tú identificaste en ti y los que yo
creí ver. Intento ser mejor. Intento ganarme tu orgullo. Día a día.
De acuerdo con mi cosmovisión, ni
puedes leer esto ni nos vamos a volver a ver. Por similares razones, jamás
sabrás cómo quema esta lanza de hielo que es tu ausencia inesperada. Jamás
podré hacerte saber todo lo que quiero que sepas, sin ir más lejos, que te
quiero. Que sé que eres humano, que intentaste lo mejor y que mi trabajo es que
eso mismo no caiga en saco roto. Esas, y no más palabras, creo que son las que
importan; que te quiero, que te echo de menos, que duele, que dolerá, y que
cuando cuento tus chistes puedo escuchar tu válvula de titanio durante un
segundo o ver tu sonrisa mellada y me siento un nigromante.
Hoy te lloro, creo que de
alegría. Gracias por todo. Espero estar a la altura.
Siempre. Miguel Ángel,
en cualquier parte
